Y de repente, El Pireo


Mónica Hidalgo Sánchez

Cuando escribo este texto se comentaba que quieren desalojar los campos del Pireo. He estado diez días allí, en el puerto de Atenas, donde he convivido como voluntaria con miles de personas que, huyendo del horror, se han quedado varadas en Grecia, sin salida tras el acuerdo de la vergüenza que ha firmado la Unión Europea con Turquía. Es un buen momento para contaros mi experiencia.

Nos encontramos con miles de personas que tienen una mirada perdida, un gesto de desolación, una falta de esperanza, y que encima te sonríen y te dan las gracias porque tú estás allí como voluntaria, intentando que sus necesidades básicas sean cubiertas, cuando debemos ser nosotros quienes les pidamos perdón.

No hay duchas, pero sí hay piojos y sarna, y enfermedades por falta de higiene, y niños descalzos y heridos de guerra, que hacen colas infinitas por una ración de comida, o se pasan horas bajo la lluvia por un jersey usado.

La organización del Pireo es gracias a las personas voluntarias, que se reúnen cada mañana para explicar la situación y organizarse ese día. No hay grandes organizaciones presentes, y es solo la buena fe de las personas que vamos llegando la que gestiona el almacén de la ropa, los repartos de la comida, organiza las donaciones, entretiene a los pequeños, etc.

Hay personas enfermas en tiendas de campaña, mujeres embarazadas sobre una manta en el suelo y demasiadas niñas y niños corriendo, sin ir al colegio desde hace demasiado tiempo, que incluso te piden que les traigan a España para poder volver a clase.

Y hay hombres que se sienten impotentes y lloran en silencio porque se sienten fracasados, y hay mujeres que miran a sus hijos y no ocultan sus lágrimas de desesperanza. Hay demasiadas personas que perdieron a seres queridos por el camino, o que no saben nada de los que quedaron atrás.

Hay demasiada tensión, desconcierto, mucha desinformación, demasiados días pensando en el futuro incierto y recordando todo lo vivido con la incertidumbre de si valió la pena tanto sufrimiento. Y si tenemos en cuenta que muchas de ellas ya tenían enfrentamientos previos, la convivencia en estas condiciones hace que las tensiones aumenten y se vivan momentos duros y de enfrentamientos. Es además bastante culpa nuestra, pues hemos creado refugiados de primera y de segunda categoría, olvidando de nuevo el derecho internacional que bien explica que todo ser humano tiene derecho al asilo por las razones que sean las que ponen en riesgo su vida.

Los últimos movimientos que viví en El Pireo fueron la clausura de la cocina en E2 y la gestión de la comida por parte del Ejército, llegando tarde, con raciones pequeñas y comida en mal estado, mientras llegaban autobuses pidiendo que se marchara voluntariamente a los campos que se han construido por el país. Coincidió en el tiempo con la clausura del almacén cedido en El Pireo para las donaciones que se llevan desde el gran almacén de Eleniko, donde se gestiona la recepción de las mismas. ¿Coincidencia o política de desgaste para desalojar El Pireo antes de la llegada de los cruceros?
Me preocupa una cosa: cuando tengamos a todos los refugiados en los campos militarizados, donde no habrá voluntarios extranjeros que les den voz y difundan lo que ocurre, ¿qué pasara con ellos? Dejarán de ser noticia internacional y caerán en el olvido como mínimo, pudiendo ser víctimas de abusos, vejaciones, maltratos, etc., sin que nadie pueda denunciarlo.

En El Pireo también hay momentos en los que se normaliza la vida, donde un señor griego trae un equipo de sonido y se forma una verbena en el campamento, y las personas bailan y ríen como si estuvieran en las fiestas de su pueblo. Y niños jugando con una pelota, y pintando con tizas en el suelo o buscando las palmas de una voluntaria para seguir jugando, y utilizando las cajas como coches y corrillos de dominó, y peluquerías improvisadas y mujeres lavando a sus hijos con botellas de agua mineral o cantándoles nanas a su bebés.

No pensé jamás ser testigo de este “genocidio”, ni que ocurriera en suelo europeo, ni que se grabe en color en pleno siglo XXI y que se difunda por Twitter. Son imágenes que no debieron existir nunca, y que sobre todo no debemos seguir permitiendo. No sé cuál es la solución, pero existe: existen posibilidades materiales para acoger a estas personas, para que tengan una vida digna, para que rehagan su futuro. La historia no nos perdonará jamás, y espero que no lo haga. Que jamás se olvide y que seamos juzgados por esto, por nuestro silencio, por nuestra mirada hacia otro lado.

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