Por un modelo de músicas vivas y en movimiento

Otra gestión es necesaria en las escuelas de música y danza de la ciudad de Madrid

VÍCTOR ALMAZÁN

Hace más de 45 años, la revista Triunfo, lanzadera intelectual contra el franquismo en los años setenta, se atrevió a sacar en portada el artículo de Francisco Almazán El Cante del Pueblo. Manifiesto crítico y reivindicativo del derecho del pueblo a disfrutar de su propia creación artística, en un momento muy delicado de la acción política en aquella España que luchaba por sacudirse las sombras de tantos años de dictadura.

Viene a cuento este artículo porque en su narrativa entronca con el concepto de “actuación participativa” en la creación y disfrute de la “cultura popular”. Era una denuncia a la transformación del “hecho social” musical de la España pobre del sur en producto cultural que a la vez era inalcanzable para el mismo pueblo. El Cante del Pueblo articulaba una sociología sobre la “identidad cultural” y un lenguaje de construcción antropológica que desde Antonio Machado y Álvarez, y más tarde Julio Caro Baroja, había tratado de recuperar el legado de las músicas y cantes de las gentes que han deambulado por las tierras y campiñas de estas tierras hispánicas.

Cantar y bailar son actos de libertad corporal y mental, han sido actos de sublevación contra la explotación, intensificando con música la palabra y el gesto de rebeldía, que ha acompañado a los pueblos en sus recorridos para lograr una mejor existencia y bienestar social. No es caprichoso que la música y el baile hayan sido manipuladas por las ideas dominantes en cada secuencia histórica. Aún recuerdo a Paco Ibáñez con su proyecto de dinamización cultural La Carpa, plegando alas y retirándose después de luchar contra la Administración socialista del momento. Eso sí, a los que aún tenemos memoria “Nos queda la palabra”.

Hoy no se canta en las tabernas de Madrid, pocas quedan, y las que sobreviven se han hecho tal lifting que son irreconocibles. Tal vez en los barrios altos de Lisboa todavía se escucha el fado. En Sevilla, pocas personas recordarán ya al rebelde fandanguero El Bizco Amate, ladronzuelo “pa vivir”, enfrentándose a los jueces con sus letras (“Que de qué me mantenía, un juez a mí me preguntó, que de qué me mantenía, y yo le dije: robando, como se mantenía usía, pero yo no robo tanto”).

Si queremos una participación democrática en la gestión de los recursos municipales tenemos obligatoriamente que abrir la caja de Pandora y empezar a pensar qué modelo de cultura artística musical queremos para nuestros hijos y para nosotros mismos. Hemos reglado, clasificado, normativizado todas las enseñanzas de tal forma que se ha perdido frescura, naturalidad en la manifestación espontánea; hemos pasado de ser comunidades creadoras de lenguajes musicales a consumidores activos de músicas anglosajonas, que sin parar van globalizando los territorios de las culturas populares.

El sistema de gestión privada de las Escuelas Municipales de Música y Danza vuelve a estar en el debate cultural. Ya advertimos desde este mismo periódico cómo la gestión de la anterior alcaldesa expulsó a las familias con menos recursos económicos de las escuelas municipales. Pero ahora puede que estemos en un buen momento para abrir este debate sobre la música en los ayuntamientos del cambio.

La viabilidad y sobrevivencia de estos servicios culturales no es solo el problema de la financiación, importante desde luego y reivindicación justa de trabajadores y usuarios de estos servicios. No, éste no es solo el problema, ya es hora de que todos decidamos el modelo de participación social que queremos en las Escuelas Municipales de Música y Danza. Nunca se ha preguntado a los ciudadanos qué estudios y contenidos queríamos en estas escuelas municipales. Es necesario un debate sobre la conceptualización de la música y el baile como expresión de una comunidad viva.

Antonio Gramsci utilizaba el concepto de “cultura popular” como valor revolucionario y lo oponía al criterio elitista de la “cultura culta”. La “cultura popular” era la manifestación viva de la historia real de las mujeres que cantaban nanas a sus hijos, de los hombres que en las minas y en la fragua cantaban sus dolores, de las sembradoras de arroz que a coro convertían el esfuerzo en alegría y energía para acabar la jornada. ¿Qué nos ha pasado en nuestra cultura actual? La “cultura popular” era un arma de autoestima, de legitimidad de clase social, de consolidación de los valores familiares y sociales, de respuesta a la dureza de la vida mediante la imaginación y la gracia. No ha habido manifestación festera en nuestra geografía de sudor y penurias donde la música y el baile popular no hayan manifestado su capacidad creativa y su intensidad de generar relaciones sociales saludables.

Si Falla y Albéniz recurrieron a beber del caudal del folclore popular andaluz en su construcción de la música culta de su época, y tanto Cervantes como Lorca se empaparon de la vida y costumbres del pueblo llano para sus obras teatrales, ¿cómo podemos renunciar a esa memoria y bagaje cultural? ¿Dónde está la ruptura de las comunidades con su propia memoria histórica musical? Como diría el sociólogo Jesús Ibáñez, “hemos convertido al sujeto en un algoritmo sin memoria” y a las tradiciones musicales en un fenómeno museístico.

Desde estas páginas quiero reivindicar otras músicas y otros bailes en las Escuelas Municipales de Música y Danza de Madrid. La implantación de la música clásica como modelo dominante en la educación formal y no formal tiene sus raíces en una doble incapacidad de nuestros gobernantes. Por un lado, el abuso propagandístico que la política ha ejercido sobre las tradiciones como patrimonio de un único pensamiento; por el otro, el alejamiento de la clase política en general de la vida real de las personas y de sus necesidades.

Los auditorios y palacios de la música y de la ópera han proliferado con la misma rapidez que los pueblos y barrios de nuestras comunidades han ido perdiendo sus tradiciones y sus músicas, sus bailes como manifestación festera y sus cantautores cuando ya no les servían a los nuevos gobernantes. Qué excelsos nuestros ministros y ministras de Cultura asistiendo a las galas de ópera, inauguración de sinfónicas y demás eventos de alta sociedad. Mientras tanto, en los barrios de las ciudades los jóvenes se han buscado la vida por sí solos, sin instalaciones, sin programas de intervención sociocultural, tirando de redes y creando sus propios códigos. Teniendo que okupar por “necesidá”, como diría hoy El Bizco Amate si viviera.

La democracia cultural en los barrios tiene que llegar de la acción social de la ciudadanía, es el momento de abrir un debate sobre la compatibilidad de modelos que pueden tener significación como proyectos de “músicas vivas y en movimiento”.

Los jóvenes tienen que tener espacios legales y con condiciones para su manifestación artística, las madres y padres deben abrir las posibilidades de disfrutar con la experiencia musical junto a sus hijos. Hay otras músicas en nuestras tradiciones, llegan otras músicas desde el Mediterráneo y el Caribe, los barrios están llenos de posibilidades, y el fracaso del sistema económico actual ha dejado la ciudad con numerosos edificios vacíos de titularidad pública que se tienen que revertir inmediatamente a los ciudadanos (pensemos, entre otros muchos, en el edificio del antiguo cine Lido en el barrio de Tetuán).

Otros modelos de participación musical son posibles, la música y el baile han nacido como modelos de participación colectivas y debemos intentar construir un proceso de relación entre la educación musical de las escuelas municipales y su expresión en la vida de los barrios donde se desarrolla. Es necesario construir una sociedad más alegre e igualitaria. ¡Que empiece el baile!

 

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