Por qué cantamos

 

Y usted preguntará… por qué cantamos.
Cantamos porque el sol nos reconoce y porque el campo huele a primavera.
Porque no es bastante el llanto ni la bronca.
Cantamos porque creemos en la gente y porque venceremos la derrota.

SOLFÓNICA 15M

Hace cinco años nos unimos al estallido de indignación popular y empezamos a sembrar las calles de Madrid con nuestra música. La pintura, la música, la poesía, el teatro siempre encuentran su atajo al corazón.

Las condiciones acústicas en las que cantamos no son las mejores, y cuando cantamos en un lugar con paredes y techo nos suena a gloria.

Hemos conocido a mucha gente en la calle, en marquesinas de autobuses, en el ruido de las sirenas, de helicópteros y de pelotas de goma (los uniformados han respetado casi siempre nuestra integridad física, solo en una ocasión un iluminado dejó la firma negra de su inteligencia en nuestras piernas).

Todavía seguimos aprendiendo a trabajar en grupo: construir democráticamente una maquinaria de relojería musical no es fácil ni rápido. Pero los lazos, las experiencias y la fuerza del lenguaje que se generan así, tienen otra dimensión.

Nos organizamos de forma horizontal. En las asambleas reflexionamos sobre nuestro posicionamiento ante los conflictos que surgen, decidimos dónde iremos a cantar y consensuamos nuestro funcionamiento interno.

Hemos entrado en contacto con un montón de gente comprometida, solidaria y crítica que cree en otra forma de hacer las cosas, capaz de aunar esfuerzos, de sacar lo mejor de sí hasta que un día descubres que no te salen las cuentas porque estás recibiendo mucho más de lo que entregas. Cantar en un coro como Solfónica es una gran experiencia, ayuda a construir una especial relación de confianza, cohesión y generosidad.

Al cantar en grupo aprendes a escuchar al de al lado para generar armonías al mismo ritmo, seguir las pautas del director, afinar bien… Cantar en un coro es una expresión de voluntad colectiva.

Un empeño quijotesco y cervantino en un año que lo merece: enfrentarse a gigantes, que no molinos de viento. Gigantes que quieren convencernos de que ya somos todo lo libres e iguales que se puede y que se inquietan al oír hablar de que otro mundo es posible.

Los madrileños y madrileñas celebramos en mayo el aniversario de una insurrección popular que también tuvo lugar contra un poder abusador. La sublevación del pueblo ferozmente reprimida dio pie a uno de los alegatos de Goya contra la sinrazón. Una lección de arte e historia que puede ser contemplada en el Museo del Prado: La carga de los Mamelucos, el 2 de mayo de 1808.

Poco más de dos siglos después, y también en mayo, la Puerta del Sol vuelve a ser escenario de la indignación popular y miles de jóvenes y no tan jóvenes salen a la calle, ocupan las plazas, acampan, se organizan, debaten y se atreven a gritar lo que en el fondo todo el mundo sabe: que no nos representan, que lo llaman democracia y no lo es y que mientras vivamos en un sistema capitalista estaremos sometidos al poder económico, que siempre buscará su propio beneficio y nunca el de la ciudadanía; la democracia será una ficción y viviremos sometidos, explotados y reprimidos.

Todo el mundo lo sabe, pero aquellos jóvenes, como el niño del cuento El traje invisible, se atrevieron a decir que “el rey está desnudo”.

Cinco años después, el 31 de marzo surge en París Nuit Debout y los jóvenes franceses denuncian lo mismo que el 15M español.

Canten con nosotros. “El rey está desnudo”.

Solfónica desea felices aniversarios a los lectores del periódico madrid15m.

 

 

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