Las guerras en Siria

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El 13 de diciembre de 2015, Santiago Vega Sombría, historiador y profesor de Secundaria, acudió a la Asamblea Popular 15M Villa de Vallecas a explicarnos el conflicto que desde hace años asola Siria y ha provocado que muchas personas huyan desesperadas del país en busca de un futuro mejor. Compartimos el artículo que nos hizo llegar sobre lo tratado.

Santiago Vega Sombría.

Siria es un Estado independiente desde hace apenas 70 años, pero, paradójicamente, tiene una historia más antigua que la de Europa. Se la puede considerar integrante de la cuna de las primeras civilizaciones, junto a Mesopotamia y Egipto. Enmarcada en Oriente Medio, formó parte de grandes imperios: asirios, persas, macedonios de Alejandro Magno, Roma, Bizancio, Islam y los turcos otomanos. El trasiego de ocupantes y el comercio con Oriente estimuló una cultura muy rica y desarrollada. Las grandes religiones monoteístas —judaísmo, cristianismo e islamismo—, con abundantes similitudes entre ellas, surgieron en Oriente Medio y tienen una importancia capital en numerosos conflictos a lo largo de la historia.

En el siglo VII surge el Islam como religión y como gran imperio que se extiende desde Arabia hasta la península ibérica hacia el oeste y hasta la India hacia oriente. Engloba multitud de pueblos y culturas (árabes, hispanovisigodos, bereberes, persas, judíos, indios). Durante un siglo, Damasco se convirtió en la capital de todo el imperio islámico. Desde 756, Al Andalus estuvo gobernado por la familia Omeya, dirigentes del imperio de Damasco.

A partir del siglo XV, se hace con el poder islámico el Imperio Turco Otomano, que mantiene y extiende sus dominios entre Asia, África y Europa. Durante la Primera Guerra Mundial, el Imperio Turco era enemigo de Gran Bretaña y Francia, que firmaron un pacto con dirigentes árabes para derribar aquel imperio que los sometía. A cambio les ofrecieron crear un Estado único para todo el pueblo árabe. Paralelamente, ofrecieron también a los judíos la creación de un Estado judío en Palestina. Estas dos promesas marcan el inicio de conflictos que se extienden hasta nuestros días. Por un lado, el enfrentamiento entre judíos y árabes, y por otro, las rivalidades entre Estados árabes originadas por las fronteras impuestas por las potencias europeas (como la guerra de Irak con Kuwait en 1990).

En 1919, derrotado el Imperio Turco, la Sociedad de Naciones (antecedente de la ONU) asigna los territorios árabes a Francia, que traza las líneas de los futuros Estados de Siria y Líbano; y a Gran Bretaña, que hace lo propio con Kuwait, Irak y Jordania. Las fronteras son líneas rectas, puesto que han sido trazadas por los occidentales sobre el papel, sin contar con las poblaciones que habitan en esos territorios.

A la finalización de la Segunda Guerra Mundial, Oriente Medio adquiere su independencia efectiva. Pero las potencias coloniales entregan el poder a familias árabes nobles para que establezcan monarquías al servicio de sus intereses económicos que garanticen la explotación por parte de las empresas petroleras occidentales.

Durante la Guerra Fría, Israel (Estado judío creado en 1948 en territorio palestino, lo que supuso la expulsión de la población árabe allí residente) es el principal aliado de EE UU, y se encuentra en medio de Estados árabes y musulmanes, que no aceptaron inicialmente su existencia, impuesta por Occidente. La formación e independencia del Estado de Israel implica, por este motivo, ataques por parte de los Estados árabes vecinos. Se suceden varias guerras, que siempre gana Israel, porque cuenta con el apoyo de EE UU.

En los años 50 se desarrolla en algunos Estados árabes un movimiento panarabista. El coronel egipcio Nasser proclama una república árabe, socialista y laica, en la cual la riqueza del país sea de la propia nación (en este caso, el canal de Suez, posesión de una sociedad anglo-francesa). A tal fin, se promueven políticas públicas de desarrollo. El panarabismo se plasmó entre 1958 y 1961 con la unión de Siria y Egipto, formando la República Árabe Unida. Esta combinación árabe, socialista y laica se establece en Argelia, Túnez, Libia, Siria e Irak. El ingrediente socialista de nacionalización de los recursos naturales no agrada a EE UU, que se enfrenta a ellos. En cambio, recibe las simpatías de la URSS. El laicismo supone que las mujeres tengan prácticamente los mismos derechos que los hombres. También se desarrollan en estos países la educación y la sanidad.

En su estrategia de desestabilización de los Estados laicos y socialistas, EE UU promueve y subvenciona movimientos islamistas. Se inicia en Afganistán, donde EE UU ayuda a los talibanes en su enfrentamiento con la revolución socialista triunfante en 1978, apoyada por la URSS, que termina invadiendo el país. Con el apoyo de EE UU a Al-Qaeda y a los muyahidines, éstos expulsan al Ejército soviético, y terminarían estableciendo el Estado talibán.

Una vez desaparecida la URSS, se hace necesaria la creación de un nuevo enemigo para justificar la existencia
de la OTAN y las enormes inversiones de la industria armamentística. El terrorismo islámico se constituye como el enemigo perfecto. Como consecuencia de esta estrategia se promueven las guerras en Afganistán e Irak, con la intervención de EE UU y la OTAN. Toda esta acción por parte de Occidente alimenta la proliferación de movimientos yihadistas de carácter terrorista que se extienden por todo el Islam: desde Irak a Nigeria y desde Indonesia a Burkina Faso.

En 2011 irrumpe la Primavera Árabe, que engloba movimientos populares que pretenden la democratización de sus Estados. Occidente apoya entusiasta la liberalización de los Estados árabes laicos, que eran tan poco democráticos como los Estados más islámicos de Kuwait o Arabia Saudí, pero cuyos opositores no reciben ningún apoyo occidental. De hecho, en Arabia Saudí han sido fusilados en enero 47 opositores acusados de terrorismo, entre ellos un clérigo chií, lo que ha provocado un conflicto con Irán, estado que rivaliza por el liderazgo del Islam.

El resultado de la Primavera Árabe ha sido desigual. Siria era y es el régimen laico más fuerte. Bashar al-Assad cuenta con el apoyo de China y Rusia frente a la oposición de Turquía, Arabia Saudí, EE UU, la Unión Europea, los grupos yihadistas (entre los que destaca por su brutalidad el Estado Islámico) y la oposición democrática del país. La fortaleza y los apoyos internacionales del Gobierno de Damasco le han permitido resistir los ataques militares de sus enemigos y prolongar una guerra cruenta que ha provocado que millones de ciudadanos sirios hayan tenido que huir, convirtiéndose en refugiados en los países vecinos: Líbano, Jordania y Turquía.

Las dos visiones del Islam, la de los sunitas (población mayoritaria en el mundo musulmán, salvo en Irán) y la de los chiitas (dominantes en Irán, pero minoritarios en Siria, Irak, Yemen), complican aún más el panorama. Actualmente, Arabia Saudí bombardea a los rebeldes chiitas de Yemen con armas vendidas por el Gobierno español. El partido gobernante en Siria se apoyó en la minoría chií, lo que ha animado el rechazo de un sector mayoritario suní.

A esta problemática situación hay que añadir el conflicto del pueblo kurdo, unos 30 millones de personas sin Estado propio. Son aliados de EE UU en Siria e Irak porque se enfrentan al Estado Islámico, pero considerados enemigos en la Turquía miembro de la OTAN, porque los kurdos reclaman autogobierno. El Gobierno de Ankara ha desatado desde el verano de 2015 una ofensiva militar contra la población kurda que ha provocado apresamientos, deportaciones y numerosas víctimas civiles. Europa guarda un silencio cómplice; ni siquiera aparece en los medios de comunicación.

En definitiva, en la compleja situación de Oriente Medio confluyen múltiples problemas, en cuyo origen y desarrollo tienen gran responsabilidad las potencias occidentales. Ahora que la ola imparable de cientos de miles de refugiados —una pequeña parte de esta catástrofe humanitaria sin precedentes— llega a nuestro continente, Europa da la espalda. El viejo mundo, que ha construido su situación privilegiada sobre la explotación y la manipulación de pueblos, continúa anteponiendo su cómodo bienestar a los valores de solidaridad, justicia y libertad que dice defender.

 

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