La salida de la caverna. La violencia de género

El Roto

Berta González

Un saludo inocente a un conocido de mis padres un día de aperitivo en el pueblo: su mano, al acercarme a darle dos besos, me agarra por debajo de la cadera. ¿Por qué? Es la primera vez que veo a este señor y sus ojos, con una mirada lasciva, se quedan pendientes de mí mientras él no deja de comentar mi físico. ¿Por qué no me siento halagada? ¿Cuántas veces me ha pasado algo similar en mi vida? ¿Cuántas veces me he sentido violentada? ¿Cuántas veces he sentido miedo? ¿Cuántas veces, además, he pensado que yo lo he provocado, porque llevaba una prenda con algo de escote o porque he mirado con curiosidad a ese hombre?

Éste es solo un pequeño ejemplo, poco violento, de violencia de género. Pequeño pero frecuente, más común de lo que nos gustaría. Sin embargo, la violencia de género está en muchas partes, condiciona nuestra manera de actuar. Siempre nos ha rodeado, pero hace unas décadas solo ocupaba unas pocas noticias al año: cuando a veces unas cuantas mujeres se reunían a las puertas de un consistorio y guardaban un minuto de silencio. Los medios no decían nada de todo aquello, entonces el lenguaje inclusivo era un gasto de palabras y papel en folletos de los sindicatos y de ciertos partidos políticos, y una novela en la que se persigue a mujeres vírgenes y se destila su esencia era eso, una novela.

En las mentes de muchas personas algo no cuadraba del todo. Había datos reveladores que indicaban desigualdades, como la diferencia de salarios, aunque siempre sonaba algo que justificaba las diferencias: será que no tienen la misma formación, será que las mujeres no desempeñan exactamente la misma función. También la cantidad de mujeres en puestos de responsabilidad tanto en el sector público como en el privado era un dato que escamaba. En cierto modo, cualquier estudio de carácter sociológico demostraba que había una realidad distinta vivida solo por razones de género. Hace diez años tuve la sensación de que habían inoculado un sentimiento de camino avanzado, de meta alcanzada, y que no había derecho a quejarse, pues esto era mucho mejor que lo que había antes.

Un día alguien encendió una vela en esa caverna, no podría determinar quién ni cuándo. La chispa se produjo en cada una de nuestras cabezas tras alguna circunstancia o conversación. La luz se reveló cegadora según se intensificaba y mostró que se trata de una violencia que se ejerce a veces involuntariamente, como el racismo o el clasismo. Conseguimos abrir los ojos y pudimos notar un hartazgo por cargar con una losa que superaba cualquier otro peso y que se demuestra en todos los ámbitos: películas, libros, diseño de las ciudades, salarios, entrevistas de trabajo, anuncios (maldita publicidad). Somos objetos que ayudan a que se vendan productos como coches o bebidas alcóholicas; somos madres cuidadoras de catarros, sufridoras cocineras para toda la familia que se conforman con ver felices a los demás; somos malas mujeres traicioneras que cambian de carácter qual piuma al vento; somos violadas, asesinadas, y somos putas o vírgenes. Todo esto condiciona nuestra vida en sociedad, porque no somos sujetos de pleno derecho en muchos ámbitos, y hay hombres que se permiten disponer de las mujeres como si de cosas se tratara.

La violencia de género solo se aplica a la que reciben las mujeres por parte de los hombres, ya que es evidente que estos últimos son el grupo privilegiado de ambos, de la misma manera que se llama clasismo a la violencia ejercida por las clases sociales más altas sobre las bajas (nadie hablaría de clasismo si un rico no accediera a una ayuda frente a los trabajadores). El patriarcado, sin embargo, es lo que genera esa violencia de género, y en el caso de éste podemos ver que sus efectos llegan a hombres y mujeres: aquí todas y todos somos víctimas, aunque no de la misma forma. Pongamos nombres a las cosas para poder tratarlas con claridad y serenidad. El patriarcado hace que mis amigos hombres no puedan llorar en público (¿acaso en privado pueden?), que tengamos que cumplir los roles de género impuestos por la sociedad, pero la violencia de género hace que haya hombres que matan a mujeres.

La violencia doméstica es la parte más visible, la más aterradora e indignante, la que menos se puede tapar, de la violencia de género. En cifras es espeluznante, y eso que solo se recogen desde hace algunos años y, por lo que sabemos, son incompletas: menores sin ayudas económicas que tienen que convivir con el asesino; hombres que matan o castigan sin aprensión, que destrozan vidas y quedan impunes; juicios sin justicia; vidas destrozadas.

Ya te vemos, violencia de género, implacable sobre nosotras. Hemos encendido la luz de la caverna, nos hemos quitado la venda o, mejor aún, te hemos quitado ese velo de normalidad que llevas. Pero, si todo esto es evidente y cada día más, ¿por qué se perpetúa? ¿Por qué no se castiga ni se persigue con contundencia? La televisión, que muestra indignada que un hombre ha asesinado a una mujer en las noticias, pone a cualquier hora películas en la que hay tipos cachas que violan y pegan a unas prostitutas. Por fin parece que se pone en marcha un pacto de Estado, que se van a equiparar las víctimas a las de terrorismo, que se igualará la orfandad a la que se da en otros casos de violencia estructural, pero esto no es suficiente. La actitud de las autoridades ha de ser más contundente: el Estado debe tomar las riendas, combatir de forma decisiva a los maltratadores; que se sientan excluidos de la sociedad, como se hacía con los miembros de ETA; que se hagan manifestaciones encabezadas por los miembros del Ejecutivo; que se movilice a la sociedad para que se vea que no aceptamos la violencia de género como normalidad.

La violencia de género nos rodea, nos obliga a actuar de forma distinta a como querríamos en muchas situaciones, cercena nuestra libertad. Ya la hemos destapado, es el momento de combatirla, de aliarnos y no pelearnos, de ver en qué medida afecta a las mujeres que nos rodean, si el racismo y la pertenencia a una clase social agravan los efectos que la violencia de género ya tiene. No seamos hipócritas y no nos escudemos en que no nos afecta por ser hombres o porque hemos sido afortunadas en nuestras vidas. Tampoco os sintáis agredidos porque las mujeres apunten las conductas machistas con un dedo acusador: no se trata de una guerra de mujeres contra hombres, se trata de no ser violadas en portales; de poder ir en el autobús por la noche, incluso solas; de que no haya ningún hombre que se sienta legitimado a agredir a su pareja, sea cual sea la razón, o a insultarla. Esta lucha es por la libertad de todas y todos.

 

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