La ciudadanía quiere tomar las riendas de la energía

La opacidad del sector eléctrico, las puertas giratorias, la continuada subida de precios de la luz, la pobreza energética y el freno a las renovables, entre otros factores, han creado el caldo de cultivo ideal para que la ciudadanía quiera tomar las riendas de la energía.

Yolanda Picazo (Plataforma por un Nuevo Modelo Energético)

Según el último informe presentado por Greenpeace el pasado mes de septiembre de 2017: “Energía colaborativa. El poder de la ciudadanía de compartir y gestionar renovables”, desde el punto de vista tecnológico un sistema energético 100% renovable, eficiente e inteligente ya es viable.

También lo recoge así el informe realizado por Amigos de la Tierra Europa, la Federación Europea de Energías Renovables y REScoop.eu en un estudio realizado en 2016, donde se valoraba el potencial de la ciudadanía para involucrarse en la energía para 2030-2050. Todo esto, claro, suponiendo que estuviera vigente una legislación adecuada para ello.

Y es que la viabilidad técnica de la que hablan estos informes pierde fuerza ante el freno que suponen las políticas que no trabajan para adecuar la legislación actual, empeñadas en mantener en funcionamiento las centrales de carbón, las nucleares y apostar por proyectos gasistas, en lugar de por energía de fuentes renovables.

El sector energético por otro lado se muestra abierto a la digitalización, a la eficiencia, incluso al cierre de centrales nucleares y abandono del carbón, como recientemente ha sido el caso de la central nuclear de Garoña; pero se resiste y no está dispuesto a ceder ni a compartir el sector con nuevos actores, negociando y obstaculizando en alianza con el actual Gobierno, la participación de la ciudadanía en el sector de la energía de una manera activa.

A día de hoy, tanto los ciudadanos productores de energía como las pequeñas comunidades y cooperativas ya han transformado el mercado en diversos países europeos, al tiempo que han generado puestos de trabajo y beneficios para la economía local. En Alemania, por ejemplo, las renovables aportan un tercio de la electricidad y, de cada dos kilovatios de esta, uno es producido por iniciativas desarrolladas por la ciudadanía.

El informe de Greenpeace no sólo muestra que hay potencial tecnológico para que la ciudadanía participe como productora, intercambiadora, almacenadora y financiadora de las energías renovables; también pone de manifiesto que una de cada tres personas estaría dispuesta a asumir responsabilidades distintas a las que actualmente tiene como mero consumidor. Aparece así con fuerza la figura del prosumidor energético, aquella persona que es productora y consumidora de su propia energía.

Iniciativas desarrolladas por empresas de no lucro pertenecientes a la economía social y solidaria, como lo es la campaña Oleada Solar de ecooo revolución solar, han permitido aumentar las instalaciones de autoconsumo y, a su vez, hacer desaparecer el miedo al mal denominado impuesto al sol con el que se intentó frenar el avance de las renovables. Cooperativas de energía verde que producen y consumen energía verde a lo largo de toda la península ofreciendo alternativas de empleo, de desarrollo y supervivencia en distintos territorios, ya funcionan y han tomado las riendas a pesar de todas las trabas y zancadillas administrativas.

Otro dato interesante para el análisis que se desprende en este informe es que la ideología política no resulta determinante y que el interés por la energía y la transición energética no es partidista ya que es considerado de interés general. Por lo que, a diferencia de lo que pudiera presuponerse, existe una gran predisposición ciudadana para co-protagonizar la puesta en marcha de proyectos de generación de energía colaborativos o de gestión de la demanda.

La pregunta que queda pendiente es si todos estos factores que predisponen a un modelo energético mejor para las personas y el planeta serán suficientes para lograr una legislación que esté a la altura de las circunstancias y los retos de nuestro tiempo.

 

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