Impacto de las guerras sobre las mujeres

MUJERES DE NEGRO CONTRA LA GUERRA – MADRID

Los enfrentamientos bélicos han cambiado considerablemente en los últimos tiempos y también sus consecuencias. En los conflictos actuales el porcentaje de víctimas civiles se estima en un 80% y la mayoría de ellas son mujeres y niños. Y también han cambiado las fronteras, ya que ahora no solo son fronteras físicas sino también culturales, políticas y de género.

Si las mujeres sufren las consecuencias del patriarcado y del capitalismo a diario y de manera diferenciada, podemos imaginar los efectos añadidos del militarismo y las hostilidades sobre ellas en los casos de conflicto armado. Hemos oído y coreado a menudo el lema “Mujer y refugiada, doblemente maltratada”. Hay mucho más detrás de esa frase, que debemos tomar como una terrible realidad pendiente de ser transformada por el apoyo mutuo y la sororidad internacional entre mujeres.

Desde nuestro punto de vista, una guerra no acaba cuando se detienen las balas y las bombas; para nosotras la situación de postconflicto es una parte más de la contienda. Desde esta perspectiva podemos exigir que las violencias sufridas por las mujeres y las niñas sean tratadas como crímenes de guerra.

Incontables organizaciones de mujeres de todo el mundo piden a las altas instancias internacionales y nacionales que reconozcan la violación como un crimen de lesa humanidad, y como parte del delito de genocidio después de que, por fin, algunas de estas instituciones reconocieran la violencia sexual como un arma de guerra, incluyendo las violaciones masivas como estrategia de dominación.

Y aun si se consiguiera esto, las violaciones solo son una parte de la violencia sufrida por las mujeres. A estas se pueden añadir la prostitución forzosa y el comercio sexual (más propiamente, esclavitud sexual), la violencia intrafamiliar y psicológica, los matrimonios forzados… todos ellos delitos que afectan a demás a la dignidad personal.

Hemos de tener en cuenta cómo cambia la vida de una mujer en el conflicto bélico: se producen graves fracturas en el entorno familiar, desde la muerte de los suyos (en muchos casos sin posibilidad de llevar a cabo el duelo) a la precariedad absoluta. Las mujeres deben asumir la responsabilidad de pasar a ser cabeza de familia en situaciones de extrema pobreza, de inseguridad alimentaria, con el aumento de los cuidados familiares y sociales, la atención a los heridos física y psicológicamente, los traumas que afectan especialmente a menores y adolescentes.

En el caso de los mujeres desplazadas y en busca de refugio, a estas pérdidas emocionales provocadas por las muertes, la viudedad, la soledad, el racismo y las responsabilidades sociales, hay que añadir el silencio y el olvido que las rodea. Bien es cierto que se difunden muchas imágenes de mujeres refugiadas, pero las noticias las presentan solo como víctimas, mujeres abatidas sin ningún papel político y sin protagonismo social. Nada más lejos de la realidad. En las situaciones difíciles son las mujeres las que mantienen el tejido social, las organizadoras de los roles colectivos, las sostenedoras de las redes de la comunidad.

Ignoradas en el preconflicto, la preparación de la guerra es del dominio de los hombres, su oposición al enfrentamiento bélico no se tiene en cuenta. Invisibilizadas durante el conflicto, a pesar de sostener el sistema social. Ninguneadas y olvidadas en las negociaciones del postconflicto y en la reconstrucción de la maltrecha sociedad.

Aun a pesar de la pérdida de la identidad como mujeres desplazadas, del cambio abrupto de costumbres en tránsito y del anonimato en que las mantenemos; a pesar de sufrir la militarización tanto en origen como en su desplazamiento, las mujeres son resistentes al patriarcado y al militarismo.

Son las mujeres quienes se organizan para apoyar a otras mujeres o a personas perseguidas por su identidad sexual, con el propósito de cuidar y proteger a las víctimas de violencia sexual, a las amenazadas políticas, a las viudas y huérfanas, a las familias en situación de pobreza extrema; para sostener a las niñas y adolescentes embarazadas, a las víctimas de prostitución, a los mutilados y enfermos, a los menores en soledad.

Por todo esto, no debemos quedarnos paradas ante la pregunta “¿y nosotras qué podemos hacer?”.

En primer lugar, empecemos a contemplar a las mujeres en una situación de vulnerabilidad que les ha sido impuesta por el patriarcado, para cambiar la imagen de mujeres débiles e indefensas. De forma deliberada se silencia y se ignora el papel social y político de la mujer en los conflictos; uno de los primeros pasos que podemos dar es restablecer su lugar activo y dinámico, apoyarlas en sus iniciativas, en sus necesidades y demandas, propagar su voz hasta los rincones donde no llega. Es necesario en cada fase, en cada trayecto, en cada destino, posibilitar espacios específicos de mujeres donde puedan encontrarse y apoyarse mutuamente, y, por nuestra parte, procurar acompañarlas en la reconstrucción social.

Pero, además, debemos emprender presiones políticas como son denunciar los crímenes de guerra cometidos contra las mujeres, señalando a los culpables, exigiendo no solo justicia sino la necesaria reparación personal y social. Debemos exigir la protección internacional de las personas activistas políticas y las defensoras de los derechos humanos. Hay muchas cosas que debemos y podemos hacer, pero en estos momentos es imprescindible, sobretodo, exigir el derecho al refugio y a una acogida digna.

 

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