Crónica de una huelga anunciada

Foto: Sara Díaz

 

¿Qué pasó el 8 de marzo? Las mujeres salimos a la calle con un grito de hartazgo y así tuvo lugar la primera huelga feminista de este país.

Marta Luengo y Berta González

Los días anteriores al 8 de marzo nadie quería creérselo, pero la sensación imperante esas semanas, días y horas previos a la fecha marcada era la de que algo grande estaba creciendo aún más: sonrisas inesperadas, entrevistas en los medios, chapas, bolsos y otros merchandising de última hora, pancartas y vestuario morado, carteles que avisaban de la huelga en el transporte público, asambleas estudiantiles, delantales tuneados y mil miradas cómplices en conversaciones en todos los actos más o menos institucionales que avanzaban la conmemoración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

A las doce de la noche ya había actos convocados de los que se informaba por las redes sociales: concentraciones nocturnas en plazas de Madrid para reivindicar que la noche debe ser para las mujeres igual que para los hombres y que la calle nos pertenece y también es nuestro espacio. Hubo marchas que ya anunciaban la envergadura de la jornada de las horas sucesivas: se cortaron grandes espacios, se hicieron caceroladas en varias plazas y la Puerta del Sol volvió a ser un lugar de reunión y protesta.

La madrugada y las primeras horas de la mañana se vistieron de piquetes informativos montados en bicicletas y de hombres que se hacían cargo de cuidar de niños, niñas y mayores, de organizar comidas y el resto de la intendencia. Ya en esas primeras horas de huelga se hizo patente que la fuerza era tal que las presentadoras de los programas de televisión y radio no podían conformarse con llevar su lacito morado y hablar mínimamente del día 8 de marzo como habían acostumbrado a hacer años atrás. La presión se estaba acumulando y se dejaba ver ya en las universidades e institutos, en hospitales y muchas empresas: mujeres haciendo paros, de huelga de brazos cruzados, en las puertas de los mercados, tiendas y fábricas con sus mensajes y pegatinas, performances y lecturas del manifiesto.

A las doce se hicieron las primeras concentraciones, pequeñas manifestaciones en barrios y pueblos que recorrieron las calles llamando a la huelga y convocando a todas las vecinas a la marcha de la tarde con caceroladas masivas, cortes de calles, discursos gremiales como el de las estudiantes y el de las periodistas, llamadas de atención sobre problemas concretos: migración, economía, falta de oportunidades y, por supuesto, la violencia machista, que fue una espina dorsal que unía todas las proclamas con el recuerdo a todas las mujeres que ya no están y el cansancio por el miedo que nos obliga a sentir el patriarcado. Los balcones se llenaron de mujeres que se asomaban sonrientes, con el puño en alto, con los móviles en la mano, saludando, aplaudiendo y, sobre todo, sonriendo. Su apoyo en las marchas era esencial: aunque muchas no podían o no querían hacer huelga no se sentían ajenas a lo que sucedía en las calles y de alguna manera mostraban su simpatía.

Ante los supermercados también paraban las marchas del mediodía: era un día de lucha, no de compra, pues el eje de la huelga que llamaba a dejar de consumir pedía una reflexión sobre qué compramos, quién lo produce, cómo llega a las tiendas, qué explotación hay detrás y qué efectos tiene en nuestra salud y en nuestra vida. Por su parte, las trabajadoras y estudiantes iban cumpliendo su misión de paro y cada vez había más gente en las calles con cánticos y llamadas para que todo el mundo se uniera. Y así llegó la hora de comer: centros sociales de toda la ciudad y de los pueblos de Madrid hicieron comidas populares, organizadas y preparadas por voluntarios que se habían hecho cargo durante la mañana. En la cuesta de Claudio Moyano los bocatas y las tarteras salieron de las mochilas moradas y ayudaron a recuperar fuerzas para lo que quedaba de día, pues la fiesta acaba de empezar aunque llevara muchas horas.

Muchas sonrisas y abrazos, lágrimas y emociones quedaban por vivir en una tarde mágica que superó todas las expectativas. El feminismo salió de las aulas y llenó los amplios ejes de la ciudad, colapsó los cruces y avenidas y gritó unánime por un hartazgo que ya no se puede contener, y la ciudadanía respondió con el mismo grito, con los mismos sentimientos y con la fuerza que da ver a mujeres de edades tan distintas, a muchos muchos hombres jóvenes y mayores, como nunca se había visto antes un 8 de marzo. Madrid quedó sepultada por el peso de la libertad, por los silbidos, los pitidos, los tambores, el ritmo y la energía que despedían a cada paso las mujeres que habían conseguido una manifestación multitudinaria. Describir las sensaciones de aquella tarde es imposible: tantas y tantas personas con una misma voz y un mismo sentir. Quizá la palabra “fuerza” sea la que mejor resuma lo que ocurrió entre las siete de la tarde y las primeras horas de la noche. Había fuerza para caminar durante horas, para cantar hasta la afonía, para las palabras de aliento, para recriminar las acciones insuficientes de las Administraciones y la pasividad del Gobierno, para sonreír a todas las compañeras que estaban caminando a nuestro lado.

Esa fuerza provocó que el sistema de pronto girara la cabeza y se fijara en el movimiento feminista, pues por un momento no estuvo preparado para la avalancha morada que llegó el 8 de marzo. Enseguida reaccionaron los medios, los sindicatos mayoritarios y los partidos, pues todos quieren participar en lo que consideran que es una moda, como el 15M: no había partido esa noche que no se considerara feminista, medio de comunicación que no estuviese ya luchando por eliminar la brecha salarial ni sindicato que no hubiese apoyado paros exitosos. Habrá que tener cuidado y mantener la fuerza que nos hemos dado para seguir trabajando y que nadie se apodere de todo lo que hemos generado, pues el éxito de la jornada del 8 de marzo no radica en un solo punto, sino en el trabajo de muchas mujeres que se han organizado de la mejor manera posible y que han recibido el apoyo de la gente a su alrededor, convencida de la necesidad de reivindicar otra sociedad.

 

Comparte!