Títeres de la inseguridad jurídica

Radio Alamaina

Estar bajo un Estado de Derecho no elimina la represión; simplemente la hace más sutil. Al contrario que en las dictaduras manifiestas, aquí la represión ha de guardar unas formas que aseguren la continuidad del tan cándido —como falso— escenario de libertades. No nos engañemos: en los momentos en los que la contradicción entre el poder y los individuos se hace evidente, el sistema sigue y seguirá utilizando la porra, la cárcel y la coacción económica, los tradicionales instrumentos del poder sobre el individuo: la represión. Pero hacer este trabajo está feo, la instantánea de un manifestante con la cabeza abierta en los telediarios de medio mundo ensucia la imagen de todo Gobierno democrático y liberal. Es por ello que asistimos a una serie de cambios legales, alineados con una clara idea: la indefinición del delito, la instauración del miedo que da moverse en arenas movedizas.

La última Ley de Seguridad Ciudadana, conocida en la calle como “Ley Mordaza”, contiene una alta dosis de talante represivo sobre la acción política de individuos y colectivos desafectos al poder. Eso no es nada nuevo, pero lo cierto es que hay algo que sí llama la atención en su lectura: la indefinición de dónde está el delito, de cuáles son los límites legalmente tolerados. Cuando se habla de las “ofensas a la bandera” o a la “nación española”, de la alteración del orden público, del “terrorismo”, se hace bajo definiciones tan abiertas que cualquier juez con más ánimo de perseguir políticamente que de enjuiciar un delito objetivo puede retorcer la interpretación de la ley para crear un delito, un atentado a los derechos fundamentales, donde realmente no lo hay.

Las definiciones de delitos tan graves como “terrorismo” pasan a ser tan amplias que una venerable anciana resistiéndose a la autoridad en el desahucio de su hogar podría ser imputada al mismo nivel de peligrosidad que un fundamentalista islámico. Un par de titiriteros representando una sátira sobre el poder —en la que se denuncia, por cierto, el terrorismo, de Estado, en la forma de montaje policial— podrían ser acusados de enaltecimiento del terrorismo; de algo tan grave como atentar contra los derechos fundamentales de las personas. Lo triste es que no podemos decir “podrían”, hemos de decir “pueden”, porque ya ha pasado. Que presuntos profesionales de la Justicia vean en el caso de los titiriteros un enaltecimiento del terror es una atrocidad jurídica, pero una normalidad en la lógica de utilizar el aparato legal para la persecución política.

El objetivo de todo esto, el de no definir claramente delitos tan graves, de encarcelar por actos como el de los titiriteros, es sembrar, más que el miedo, la inseguridad. Ante esta indefinición legal los individuos y colectivos se ven atados a la interpretación personal de un juez. Acaso a la interpretación personal de jueces tan significados en su labor de afección al poder como Ismael Moreno, que cuenta con un amplio historial de causas donde, más que perseguir el delito, se ha significado en lavarle el rostro más sucio al aparato del Estado. Cuando la ley no es clara, entramos en el terreno de la subjetividad del juez. Entramos en el terreno de la tiranía.

El miedo a no saber dónde están los límites, a no saber hasta dónde poder llegar dentro de los límites del sistema, promueve la autocensura. Sin saber hasta dónde se puede llegar, militantes y colectivos entran en un estado de paranoia permanente parecido a quien se sabe en una casa con los techos débiles. Se nos obliga a ir bordeando unos límites difusos, siempre con miedo de poder llevarnos el palo. La indefinición de los delitos descritos en la Ley de Seguridad Ciudadana busca que les hagamos el trabajo sucio, el trabajo de la represión. Busca hacer difusas las barreras del campo para obligarnos a ir a tientas, con inseguridad, autocensurándonos. En nuestra opinión, la autocensura es algo incluso más peligroso que la censura. Si lo haces, ellos han vencido de la más abyecta de las maneras: ejerciendo tú como tu propia Policía.

Como radio libre sabemos la importancia de la palabra. La reacción de los medios de comunicación de masas ha sido no solo tendenciosa, sino en muchas ocasiones carente de verdad. En la utopía autorreguladora del liberalismo, la prensa es el eterno azote de los desmanes del poder. En la realidad del sistema, la prensa es un negocio más, necesitado de una financiación proveniente de los grandes centros del poder. Bajo una estructura empresarial, bajo un esquema capitalista, la información veraz no es más que una utopía. La información, corrompida por el dinero que financia la prensa, muta en una propaganda que se impone como una realidad al servicio de crear referentes, discursos, ideas, juicios de valor destinados a defender la posición de los “buenos” frente a la de los “malos”.

Como radio libre sabemos que cada cuál une las lealtades de su mensaje al que hace posible que este salga a la luz. Las lealtades de los grandes medios están del lado del que ha de manipular lo execrable de sus actos para poder seguir conservando la confianza de la gente; del lado de las corporaciones y del Estado. Las lealtades de las radios libres están con todas y cada una de las personas independientes, militantes, de base, apaleadas o silenciadas que tratan de tejer sus voces en una sola a través de las ondas de las radios libres. Muchas veces los movimientos sociales han agachado la cerviz a fin de ser aceptados en el gran circo mediático, de poder cortar un pequeño trozo del podrido pastel que nos dan cocinado. Desde las radios libres, preferimos cocinar nuestro propio pastel, no deber lealtades al poder. Solo autogestionada, la información deja de ser un contenido corrompido por el mercado para seguir siendo eso, información, sincera y veraz. Perdemos mucho tiempo en analizar cómo nos manipulan los medios del Estado y el capital. Más nos valdría dejar de lado el típico complejo de víctima perseguida y pasar a la acción, a la acción de construir nuestra propia prensa. Dejad de lamentaros de la mala prensa y acudid a construir nuestra propia prensa y radio independiente. Desde hace décadas las radios libres están aquí, ¿estáis vosotras y vosotros en ellas?

 

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