Recortes y psicópatas de guante blanco

El roto

Marta Luengo

Gobierno nuevo, recortes nuevos. Ya no lo ocultan: los recortes “funcionan”, según Rajoy, y por eso van a aplicar sin paliativos una nueva tanda. El monto a recortar exigido por Bruselas para esta legislatura asciende a 11.000 millones de euros, que se repartirán en dos cómodos plazos de 5.500 millones. Como los lectores y lectoras saben, éstos han de distribuirse en los dos primeros años del mandato, 2017 y 2018, para que, en la segunda parte, toda la maquinaria propagandística se ponga en marcha propiciando el olvido de los electores, deseosos de sentir que el castigo, por fin, cesa. Hablamos de castigo como si de una religión se tratase, compartiendo el análisis ya clásico de Max Weber sobre el origen protestante del capitalismo. Toda la mal llamada “austeridad” no sería más que expresión de este credo —el capitalismo—, que, como buena religión, tendría un determinada moral y unos mecanismos punitivos que buscan aplicarla.

Recordemos aquí el objetivo de los recortes: que se cumplan las cifras mágicas del déficit, el famoso 3%. Hace ya unos años que esta cifra es un nuevo dios en la tierra, del que se habla mucho. Se habla más que de cualquier otra medida económica, como si se tratase de la piedra filosofal que cuando se emplea la economía comenzase a ir bien. Tal cifra, carente de respaldo científico, sirve como aleccionador de los países díscolos desde que se firmó el Pacto de Estabilidad en 1997. Se trata solo de eso: un instrumento de poder para imponer determinadas medidas que mantienen el statu quo. Es por eso que no con todos los países las recetas son igual de duras. De hecho, en la España de la inestabilidad electoral de los dos últimos años, las reformas exigidas han sido mínimas para no debilitar el sistema patrio, en evidente crisis.

Pero volviendo a los recortes, se multiplican los estudios universitarios que analizan el aumento del sufrimiento que éstos generan, gracias al incontestable y brutal aumento de la desigualdad que implican. Además, los recortes suprimen muchos de los servicios en especie del Estado, como educación y sanidad de calidad, ayudas a la dependencia y cooperación al desarrollo, lo que significa la irremisible extensión de la pobreza, como ya hemos señalado en este periódico en muchas ocasiones. Una acaba preguntándose cómo es que se perpetúan una y otra vez estas políticas, cómo son capaces de aplicarlas sabiendo todo esto. La psicología hace tiempo que estudia el fenómeno: en nuestro actual sistema, un perfil psicológico es cada vez más frecuente: el psicópata de cuello blanco.

Como señala Inmaculada Jáuregui, el espíritu economicista y ultrarracionalista del capitalismo encaja con la mentalidad psicópata, retroalimentándose. Los ámbitos donde más psicópatas de cuello blanco encontramos son, a nadie sorprenderá, la política, las finanzas y el mundo de la economía en general, donde todos hemos encontrado sujetos indiferentes al dolor ajeno. La forma de razonar de éstos y los psicópatas es su punto en común: una exacerbada racionalidad instrumental, que continuamente calcula costes y beneficios, solo en busca del propio interés, que no ve más allá, que ni siquiera verifica su eficacia más allá de ese rédito económico a corto plazo.

Esta idea nos permite comprender cómo desde Bruselas se recetan, sin sentimiento alguno de culpabilidad, medidas como las aplicadas en Grecia, un país ya devastado por la crisis económica y sobre el que se pareció dirigir el ensañamiento mundial cuando una fuerza como Syriza simplemente amagó con cuestionar el discurso hegemónico. Ahora que el nuevo Gobierno echa a andar, nos esperan nuevos recortes que seguirán ocasionando sufrimiento, que no se dirigirán en ningún caso hacia los privilegios de la oligarquía.

Urge terminar con dos llamamientos. El primero, ineludible, a la activación en contra de esos recortes que se ceban con los débiles, que construyen lentamente una sociedad más dolorida y resentida. El segundo llamamiento es una invitación a la cautela y el cambio de valores: vivimos en una sociedad enferma, que nos aliena sin descanso y en la que es fácil volverse un psicópata calculador, indiferente al dolor del que está más abajo en la jerarquía social. El neofascismo y los problemas climáticos aseguran un futuro convulso: pongamos otros valores por delante del dinero y el interés propio antes de que sea tarde.

 

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