¿Qué tiene armas, recortes y trucos contables?

El Roto

Marta Luengo

Sí, los presupuestos (“Presupuestos Generales del Estado, en lengua burócrata”), ese voluminoso documento en varios tomos que se presenta todos los años. A pesar de que siempre se ha intentado que su publicación interese al menor número de personas (cuando nos afecta a todos), este año los esperábamos con la ilusión de quien echa de menos algo que antes echaba de más. El retraso ha sido considerable: debían haberse presentado en septiembre del año pasado. Ya saben, culpen a “los populismos”.

La aprobación de los presupuestos de 2017 será completa una vez se hayan esquivado todas las enmiendas y se hayan discutido en las dos cámaras. El apoyo necesario para estos escollos vendrá, en principio, de Ciudadanos, PNV y Coalición Canaria (casualidades de la vida, Canarias será la única comunidad que verá aumentar las inversiones del Estado). Con estos mimbres se espera que la publicación en el BOE sea el 25 de junio. Cabe preguntarse cómo es que ha seguido funcionando el país este medio año sin aprobarse sus cuentas, pero, antes de caer en un comprensible cinismo nihilista, conviene tener en cuenta que, gracias a la espera, se han dejado de convocar muchas ayudas sociales y han continuado las directrices de gasto de los últimos presupuestos, lo que no es buena noticia.

Los Presupuestos 2017 se han vendido como los que “impulsan la creación de empleo, fortalecen la cohesión social y miran hacia el crecimiento económico”. Lo del empleo ya lo habíamos escuchado en anteriores ocasiones y, aunque la partida de fomento del empleo aumenta un 5,5%, la destinada al pago de prestaciones por desempleo sufre un recorte del 6,6%, en parte fundado en la esperada creación de eso a lo que ahora llaman “empleo” (una persona está ocupada o con empleo si ha trabajado al menos una hora en la última semana).

El alarde de Montoro y compañía calificando de “sociales” los presupuestos palidece cuando se es consciente de que el techo de gasto se ha reducido (esto es, “se puede” gastar menos) con respecto a los del año pasado, que ya contaban con numerosos recortes. Como es sabido, España se encuentra bajo un programa de intervención europeo que obliga a realizar ajustes de miles de millones. Éste es el triste dato a tener en cuenta, y lo demás simples trucos contables para mantener un determinado statu quo favorable a las élites europeas. Trucos como el que hacen cuando afirman que suben el gasto en ciencia, pero en realidad solo aumentan una inservible partida de créditos a devolver que normalmente no se usa, dado que los centros de investigación no generan ingresos para poder pedir créditos. Otro truco es la afirmación de que por fin baja el IVA cultural, cuando esta bajada será restringida (no para el cine) y, en realidad, el gasto total en cultura descenderá.

Uno de los engaños contables más sonados de esta temporada está en el gasto en defensa, tradicionalmente una de las partidas más confusas y tramposas. Por exigencia del Tribunal Constitucional al Gobierno no le ha quedado más remedio que incluir la venta de armas especiales (Programa PEAS) en los presupuestos, usualmente excluida. Esta inclusión ha provocado una subida del 32% respecto al 2016, lo que no indica que estas compras no lleven realizándose muchos años. Esto tampoco quiere decir que, por fin, los gastos en defensa vayan a ser transparentes, y por supuesto también este año contaremos con los veraniegos (suelen aprobarse en agosto) créditos extraordinarios.

En este maremágnum de estratagemas y argucias contables, lo más irritante de todo es que una normativa europea permite al Gobierno no computar en el déficit el espectacular aumento en defensa. Son los subterfugios legislados en Bruselas para beneficiar a los privilegiados y, de paso, dejar claro que el gasto en sanidad, educación y pensiones es el verdadero lastre que toda economía ha de soltar si no quiere acabar en el fondo del mar con los tiburones. La duda es si no son esos mismos tiburones quienes escriben los presupuestos.

 

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