Portmán, un desastre desconocido

Medioambiente Sol 15M

El laberinto de las obras de la carretera nos ha metido en la central petrolífera a la salida de Cartagena. Nos impresiona su magnitud, impone respeto, es como una amenaza latente. Aceleramos. Somos montañeros, hemos disfrutado de los montes cercanos: el Portús, La Muela-Cabo Tiñoso. Nos hemos bañado en calas estupendas como la del Bolete y El Barranco. Es octubre, y aún el agua es cálida. Nos dirigimos hacia el Parque Natural de Calblanque por la costa.

A pocos kilómetros de allí, el paisaje de la montaña se vuelve extraño, desértico, de color pardusco; es una zona de minas —la cuenca minera de La Unión—, pero aún no lo sabemos. Llegamos a un lugar habitado, con árboles, y decidimos tomar algo. Hay una competición popular, música, ambiente de fiesta. Nos sorprende el color ocre, amarillento, a los pies de la montaña. Llegamos a la playa, la arena es negra, completamente negra. Es una bahía rodeada de montañas con un faro a la izquierda y un pequeño pueblo alejado de la playa por un terreno negro, amarillo, parece pantanoso. Nos tomamos unas cañas en un restaurante bien decorado, la gente es muy amable, nos comentan que han abierto un hotelito de dos estrellas a la entrada del pueblo, decidimos quedarnos y explorar la zona. Algo en ese pueblo nos inquieta: la arena negra, el color amarillento… Al mismo tiempo la naturaleza, los acantilados nos parecen extraordinarios, no hay casas en la montaña, ni grandes hoteles como en la costa levantina.

Subimos al faro, el paisaje es espectacular hacia el mar y la montaña, pero la playa presenta un paisaje extraño, negro y amarillo. Preguntamos a qué se deben esos colores. A la fábrica —nos responden—. El lavadero de los minerales extraídos de las minas de la Unión. La empresa francesa Peñarroya —para ahorrar costos—, con la autorización del Gobierno español, instaló en 1957 el lavadero de flotación más grande del mundo en lo que era un puerto natural al que los romanos llamaron “Portus Magnus”. Todavía hoy se puede visitar la calzada romana.

En el desastre ecológico del Prestige en el 2002 se vertieron 77.000 toneladas de petróleo al mar. En Portmán, se han vertido más de 60 millones de toneladas de fuel, metales pesados mezclados con productos tóxicos usados en el lavado de los minerales. La bahía perdió 800 metros; esos 800 metros son los que vemos negros de los restos mineros y amarillos del fango sulfúrico. Los pocos bares que tiene el pueblo están llenos de fotos de la bahía en los años cincuenta, antes de que llegara la Peñarroya. También hay fotografías del gran tubo que utilizaban para verter los residuos tóxicos al mar. Nos cuentan que la Comunidad Europea ha aprobado los fondos para restaurar la bahía —no por completo porque eso es imposible—. Llevan años diciendo que van a empezar las obras y las obras no empiezan. Se recuperará parte de la playa, y en el resto harán un parque deportivo o algo así. Los vecinos no se lo creen, son muchos años oyendo lo mismo y por allí no aparecen las grúas. Ahora, parece que va en serio: en el único hotel del pueblo donde nos alojamos se alojan también los ingenieros que vienen a ver, a estudiar… pero hasta que no lleguen las grúas y empiecen a remover los vertidos, el pueblo no se lo va a creer.

Nos hemos bañado en la playa de arena negra antes de conocer el desastre ecológico de Portmán. Los vecinos dicen que se llevan bañando toda la vida y no les ha pasado nada, que en el verano el pueblo se llena de turistas, que no hay más muertes o enfermedades que en otros sitios. Cuesta creer que todo ese azufre y los contaminantes (presencia de cadmio, plomo y arsénico) no sean dañinos para la salud cuando acabaron con la flora y fauna autóctonas.

La tristeza nos acompaña a medida que vamos conociendo la historia, al ver las fotos, cuando nos cuentan en el bar cómo era la bahía y cómo llegó el desastre a un pueblo que trabajaba para una sola fábrica. La fábrica era la vida para todos, no podían imaginar que acabaría con su pueblo, con las playas de las que habían disfrutado sus abuelos. En 1992 la Peñarroya cerró sus puertas, dejando un pueblo convertido en un vertedero, a cuatrocientas familias sin trabajo, lleno de residuos tóxicos y con los vecinos divididos, porque unos veían llegar el peligro y otros no habían querido verlo para no perder su forma de vida. La pobreza siempre es cruel, es preferible enfermar en una mina o rodeado de vertidos que de hambre.

De vuelta a casa, hablo con amigos, con familiares, les cuento la tragedia de Portmán. Nadie conoce este pueblo de la costa murciana, a tan solo tres kilómetros de La Manga Club de Golf, de urbanizaciones de lujo, donde ahora trabajan la mayoría de los habitantes de Portmán. Nadie ha oído hablar del desastre de la costa murciana. No me puedo quitar de la cabeza las imágenes de la playa, de las casas de los antiguos pescadores que hoy no tienen qué pescar, “la fábrica” —como la llaman—, un polígono industrial fantasma a ambos lados de la salida del pueblo. En internet hay varias páginas que hablan del mayor desastre ecológico de Europa, mucho mayor que el del Prestige… y nadie sabe nada, ¿cómo puede ser?

 

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