Migrantes de la crisis ecológica

Serlinda Vigara/Ecologistas en Acción

En los próximos 50 años, entre 250 y 1.000 millones de personas se verán obligadas a abandonar sus hogares según ACNUR. Esta crisis migratoria sin precedentes forma parte de una serie de síntomas de una misma enfermedad. La crisis económica, social o de cuidados son algunas de las señales que indican que el sistema capitalista es una dolencia profunda que debemos combatir. La crisis ecológica es uno de sus síntomas más invisibilizados, dado tanto por su complejidad como por sus planteamientos que cuestionan las mismas bases del modelo económico que nos enferma. ¿Qué ocurre si analizamos la relaciones entre el medio ambiente y los flujos migratorios?

Estamos ante una urgencia climática a escala global, desbordados por el cambio climático que es, junto con el modelo productivo capitalista, corresponsable de grandes migraciones. Según el último informe del Consejo Noruego para los Refugiados (NRC, por sus siglas en inglés), en 2014, más de 19 millones de personas tuvieron que abandonar sus hogares por desastres como inundaciones o tormentas. Según sus cálculos, desde 2008, una persona cada segundo se ha visto obligada a dejar su hogar por alguna de estas razones. Este aumento progresivo de “desastres naturales” se encuentra totalmente ligado al aumento de los niveles de emisión de los gases de efecto invernadero en la atmósfera, que trae consigo el aumento de las temperaturas globales, sequías, tormentas o ciclones, según el Panel Intergubernamental por el Cambio Climático (IPCC).

Uno de los casos más paradigmáticos y recientes donde podemos vincular el medio ambiente ambiental con la crisis migratoria es el caso de la guerra en Siria. En los años previos al conflicto, concretamente entre 2006 y 2011, el 60% del territorio sirio sufrió una de las mayores sequías que han azotado la región desde el inicio de la agricultura. A esto, además, se sumó que el régimen sirio estuvo incentivando el cultivo de algodón y trigo en regadío, lo que agotó los acuíferos del subsuelo y las reservas en superficie.

Una de las consecuencias de la sequía fue que, en el noroeste del país, alrededor del 75% del campesinado perdió sus cosechas y el 85% del ganado falleció, afectando a alrededor de 1,3 millones de personas. Este hecho fue un factor clave en el desplazamiento de población desde el campo hacia las ciudades, donde crecieron los núcleos de población empobrecida. Se calcula que el éxodo fue de unas 800.000 personas desde 2010. Ante estas situaciones, teóricos como Harald Welzer, autor de Guerras climáticas, manifiestan la difícil tarea de “distinguir razonablemente entre los refugiados climáticos y los refugiados de guerra, porque las nuevas guerras están condicionadas por el clima”.

A la situación de tensión cada vez más creciente en la zona de Oriente Medio se sumó que Siria pasó en 2012 de ser un país exportador de petróleo a ser un país importador, con una importante caída en su consumo. Se fortaleció así la crisis económica y supuso una merma añadida de su capacidad agrícola, fuertemente petro-dependiente. De este modo, los factores ambientales fueron un eslabón en la cadena del empobrecimiento y el desarraigo, sumados a los problemas políticos y sociales.

Si el cambio climático ya forma parte de las relaciones de causalidad de las migraciones forzosas, no podemos dejar en un segundo plano el cuestionamiento del sistema productivo que saquea sistemáticamente los recursos naturales del sur global en pro del libre mercado y que también tiene consecuencias migratorias. La socióloga experta en globalización y migración, Saskia Sassen, galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales en el 2013, denunció este hecho: “Estos flujos bien pueden ser los inicios de nuevas historias y geografías hechas por hombres, mujeres y niños en la huida desesperada de condiciones insostenibles. Para ellos no hay hogar al que volver, su hogar se ha convertido en una plantación, en una zona de guerra, una ciudad privada, en un desierto o en una llanura inundada”. Sassen añade más causas a la idea generalizada de que los refugiados y los desplazados son siempre víctimas de fuerzas incontrolables, y amplía el foco a otras acciones como el modelo de producción agrícola o la privatización del suelo.

Si, al hilo de Sassen, realizamos un ejercicio más profundo y raspamos la corteza de cualquier conflicto actual, encontramos que la mayoría de las migraciones forzosas tienen como origen causas ambientales, pero no solo las “visibles” como las inundaciones o los huracanes (condicionados a su vez por el cambio climático), sino que habría que añadir a la denuncia las apropiaciones de recursos naturales o sobreexplotación de tierras, que no son otra cosa que el alimento del sistema capitalista que debemos de poner en duda.

 

Be Sociable, Share!