Medir la felicidad

MARTA LUENGO

El barómetro del Centro Investigaciones Sociológicas (CIS) es famoso sobre todo porque a veces incluye preguntas sobre la intención de voto con las que se generan las gráficas electorales que tanto entretienen a periodistas y tertulianos. Las encuestas electorales son muy queridas por los partidos ya establecidos, puesto que son útiles para provocar el llamado “efecto arrastre” gracias al cual mucha gente se sube al carro de los partidos más votados, obviando novedades o alternativas “innecesarias”.

Pero el barómetro contiene cuestiones mucho más interesantes que la intención de voto. El último publicado íntegramente (el de septiembre) incluía dos preguntas sobre la felicidad, ese tema que viene y va a lo largo de la historia de la humanidad. La primera pregunta pedía al entrevistado que puntuase del uno al diez “su” felicidad. En la segunda se pedía valorar la felicidad de los demás conciudadanos del Estado español.

Uno de los primeros datos curiosos de las respuestas es que se valora con mayor puntuación la propia felicidad que la de los demás. El hecho de que el barómetro incluya preguntas sobre el último voto realizado o el nivel de renta hace que puedan cruzarse los datos con los de la felicidad y encontrarse relaciones entre renta y felicidad o voto y felicidad. Algunas conclusiones son las siguientes: los jóvenes son más felices que los mayores; los votantes muy de izquierdas son los menos felices; el votante de Ciudadanos, joven y de clase media alta, es el más feliz. El último resultado que mencionamos de los que ofrece el CIS es que las clases bajas son menos felices que las altas.

Quizá estos datos no sorprendan a nadie, que las clases bajas son menos felices es algo que se ha comprobado en muchos estudios. Pero ¿qué es la felicidad? Una deficnición un tanto filosófica diría que es el sumo bien al que tiende el ser humano por ser racional. No obstante, la forma en que buscamos y tratamos de medir la felicidad (como el CIS) está muy ligada al sistema en que vivimos y a la idea de felicidad que nos vende y proporciona.

La idea de felicidad que hoy manejamos tiene su origen en la modernidad y se desarrolla en el capitalismo estadounidense, por tanto, está fuertemente vinculada al sistema de consumo. Además, la etérea definición de lo que es ser feliz que tenemos en nuestro imaginario es, en realidad, una norma, un modelo de conducta que hay que perseguir. Por tanto, la definición actual de felicidad es muy funcional al sistema, le sirve y acompaña. La disciplina que estudia y “mide” la felicidad es la llamada psicología positiva y es la que está detrás de tantos y tantos libros de autoayuda que intentan mostrarnos que si no somos felices es porque tenemos la actitud ante la vida equivocada, no porque existan injusticias o tengamos necesidades sin cubrir. El estudio de la felicidad de esta disciplina es supuestamente científico y, por eso, supuestamente objetivo y apolítico; por eso puede medirla.

Pero a nadie se le escapa que la felicidad que nos propone el sistema consiste básicamente en obtener un determinado status social y permitirse un cierto nivel de consumo. Esto hace que busquemos ambas cosas desesperadamente y no es para menos, todo nos empuja a ello. ¿Cómo escapar?

Lo cierto es que la actual concepción de felicidad no es universal ni viene de otras épocas, por mucho que podamos encontrar palabras y conceptos antiguos que, sacados de contexto, encajan en la actual interpretación individualista. De acuerdo con esta concepción, se puede ser feliz pero de una manera individual que acaba por ser efímera, volátil. La alternativa es una felicidad más consciente y no individualista, que renozca las interdependencias con los demás y con la naturaleza. Entre otros nombres, a esta concepción se la llama “buen vivir” y entiende la felicidad como la satisfacción de necesidades que finalicen en el desarrollo humano. Esas necesidades serían tales como la subsistencia, el afecto, el ocio, la creación, la identidad, la libertad, etc. Hay diferentes listas dependiendo de los autores pero todas proponen una serie de planos de la existencia humana que han de cubrirse para una felicidad completa en la que el consumo serviría para cubrir dichas necesidades más allá de lo individual, del despilfarro sin sentido y la contaminación que le sigue. El camino es arduo pero la promesa de una existencia humana que merece la pena vivirse es un objetivo que puede guiarnos en el despertar al nuevo paradigma.

 

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