Los abogados de Atocha

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Solfónica

Con este sobrio enunciado todos sabemos a qué nos referimos: a cinco asesinatos de jóvenes abogados laboralistas de Comisiones Obreras y militantes del Partido Comunista de España, cometidos el 24 de enero de 1977 en un despacho de la calle Atocha número 55 de Madrid, a mano de otros jóvenes de la extrema derecha de aquel momento. La sentencia que condenara a dos de los autores el 4 de marzo de 1980 diría: “pertenecían a un grupo activista e ideológico defensor de una ideología política radicalizada y totalitaria, disconforme con el cambio institucional que se estaba operando en España.”

El pasado día 9 de junio tuvo lugar el último de los innumerables reconocimientos a la grandeza de aquellos jóvenes letrados en una etapa especialmente delicada de la historia de España. Mientras la Solfónica esperaba su turno para rendirles el particular homenaje con sus canciones, iban pasando por el atril de testimonios los familiares, amigos y compañeros. Todos recreaban las circunstancias históricas y sociales en que se desarrolló el múltiple asesinato, así como el fracaso de silenciar su significado después de sus muertes. A los veinticinco años no se calcula el riesgo de morir porque el tiempo para filántropos e idealistas es para construir un mundo más justo, equitativo y tolerante.

Entre la concurrencia al acto, a quien no era colega profesional conmovía menos su condición de abogados que su disposición a responder a la máxima “de cada cual según su capacidad y a cada cual según sus necesidades”. Ellos tenían la capacidad de conocer la ley y utilizar sus vacíos y contradicciones contra el rigor de un régimen autoritario. Los ciudadanos, todavía no reconocidos como tales, sufrían la necesidad de una defensa gratuita y entusiasta frente a las estructuras de un poder arbitrario.

De eso se habló también. Sus contemporáneos hicieron llamamiento al mismo afán, a la misma lucha. Los avances sociales que siguieron a la terrible matanza se fueron desvaneciendo, y en la actualidad experimentamos un retroceso en derechos efectivos que ha cabalgado sobre el cinismo de las palabras. Hay que mencionar también “la escuela de compromiso” que dejaron con su dedicación y que otras generaciones de abogadas y abogados que por allí pasaron han recogido la antorcha de la lucha y acompañamiento en las manifestaciones de injusticia social que han seguido aconteciendo.

Ellos trascendieron porque trascendió la asunción de la defensa de los socialmente vulnerables frente a poderosos de nacimiento, poderosos de posición social y, como diría el recientemente fallecido François Houtart, testigo excepcional de las luchas por la emancipación de los pueblos de los sesenta últimos años, “frente a la fetichización de la propia ley que tiende a identificar el texto jurídico con la realidad.”

Una oportunidad más que no se desaprovechó para clamar por el valor, la rebeldía y la generosidad de todos. Valiosa y necesaria ayuda de los que más saben sobre los equívocos de la “legalidad” vigente.

 

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