Llamamiento a la manada

Cartel de la cacelorada anti-feminicida

Berta González / Feministas en lucha desobediente

Salí de casa esa tarde oscura de noviembre, apesadumbrada por la última noticia de feminicidio que acababa de conocer: otra mujer a la que su ex-pareja había matado. Era una noticia terrible, por los detalles de las atrocidades que el hombre había cometido, y mi cuerpo estaba agitado por la rabia y la impotencia de no haber podido impedir otro asesinado más. Seguí mi calle hasta el final, sintiéndome sola, preguntándome si esa fuerza que se nos pide cada día a las mujeres para resistir y demostramos el 7 de noviembre en la manifestación seguía y dónde estaba en ese momento.

Un ruido atronador comenzó entonces. Miré el móvil para saber si había alguna notificación de las redes sociales de alguna manifestación, pero solo vi que eran las ocho de la tarde. Me acerqué siguiendo ese ruido de cacerola y cuchara que golpea con fervor, y allí me las encontré. Eran mi manada; me estaban esperando en las ventanas y en la plaza, con sus perolas y cucharones, golpeando con ira, con firmeza, con seriedad. Era el llamamiento a todas las que no queremos ni una muerte más, ni una violencia más.

Me quedé alucinada, pues su fuerza me llenaba y me recomponía en las heridas que sentía en mi interior: el grupo, la manada, me daba energía de nuevo. Cinco minutos de estruendo después surgió el mensaje tras el silencio de la cacerolada:

“Queridas compañeras:

Nos hemos visto mucho este año, hemos estado a tope en manifestaciones y actos reivindicativos. Hemos acompañado a las compañeras asustadas en su soledad y hemos mostrado que juntas llegamos más lejos que solas. Todo esto nos ha llenado de fuerza, y hemos demostrado con fuerza que la manada somos nosotras.

Por eso os convocamos tras cada feminicidio a las ocho de la tarde, en todas las plazas de vuestros pueblos y ciudades, en vuestras ventanas, con vuestras cacerolas, cuencos, cucharones y cazos, para que vean que no estamos dormidas, que no nos callamos ante los asesinatos, que estamos vigilando y que no pararemos hasta que se acabe esta violencia que se ejerce contra nosotras por parte del patriarcado. Que nos oiga el vecindario, que se unan las mujeres a nuestra manada, pues cuantas más seamos más atronaremos los oídos de los asesinos y los cómplices.

Ojalá no tengamos que volver a sacar estas cucharas y cacerolas, pero lo haremos cada vez que nos maten, pues no estamos solas ni aisladas: la manada sigue rugiendo.”

Este pequeño relato es solo una llamada a que saques tu cacerola, a que hagas ruido, todo el que puedas, cada vez que haya un feminicidio. Es una convocatoria a las ocho de la tarde el próximo día que nos maten, para que nos oigan y sepan que no estamos calladas y no estamos dispuestas a soportar en silencio esta violencia que se ejerce contra nosotras. Nos vemos en las plazas y ventanas, hagamos realidad el rugido de la manada.

 

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