La trágica invisibilidad de las vallas de Ceuta y Melilla

Mural pintado en el centro social ocupado Rey Heredia (Córdoba) del grafitero Coché Tomé, que dibujó a su hermano que vive en Guinea Ecuatorial | Frank Tomé

ANA RUEDA

Existe cada vez más una política de invisibilización y rechazo hacía las personas refugiadas y migrantes que llaman a las puertas de Europa, pero posiblemente las fronteras de Ceuta y Melilla son, pese a su cercanía las más invisibles y a la vez trágicas. Éstas son las dos únicas ciudades europeas en suelo africano, y eso les confiere una especial característica, siendo las únicas del sur de Europa por donde las personas de otros continentes pueden pasar andando.

Las personas que se hacinan en los montes y pueblos de Marruecos, cercanos a las vallas, son por lo general las más pobres y las más desprotegidas. Son las que no tienen dinero para pasar en patera o para sobornar a los gendarmes y entrar por la aduana. Suelen ser hombres jóvenes que a veces se tiran años esperando que Marruecos relaje la vigilancia, como en febrero, donde en apenas 70 horas saltaron casi 900 personas. El nuevo tratado de pesca y agricultura con la Unión Europea, fue el detonante de la inacción de la Gendarmería. Europa paga muy bien a sus guardianes de las fronteras, y éstos saben como sacar todo el beneficio posible.

Las personas que intentan pasar la frontera, bien saltando las vallas o bien a nado, son también las más expuestas a los malos tratos o incluso a ser asesinadas o gravemente heridas, bien a consecuencia de cortes con las concertinas o de caídas de las vallas. Pero también pueden ser asesinadas por los disparos de los gendarmes, como en septiembre del 2005, o por el material antidisturbios de la Guardia Civil, al ser disparado contra personas indefensas que están en el mar —febrero del 2014— o en lo alto de las vallas. Éstos son solo los dos episodios más conocidos, pero hay cientos de crímenes impunes, perpetrados generalmente por la Gendarmería marroquí, pero ordenados y pagados por la hipócrita Unión Europea. A esto hay que añadirle las expulsiones en caliente, que obligan a estas personas a arriesgar su vida en multitud de ocasiones

Por Ceuta y Melilla también suelen entrar personas procedentes de Oriente Próximo, normalmente de países como Siria. Pero a diferencia de los subsaharianos, estas personas suelen acceder a las dos ciudades después de haber sobornado con una cantidad nunca inferior a los 2.000 euros a los gendarmes y a la Policía española. Una vez entregan el dinero, se les permite entrar y solicitar refugio.

A las personas que malviven en los montes, que normalmente proceden de países como Mali, Senegal, Guinea Conakry, Costa de Marfil, Nigeria y Camerún principalmente, muy rara vez se les considera con derecho a solicitar asilo, y eso pese a que procedan de países en guerra como Mali, Nigeria, Chad y Camerún, donde cientos de miles de personas han muerto y seguirán muriendo —la mayoría de hambre— por el conflicto entre el Ejército y la guerrilla islamista Boko Haran. Cientos de pueblos, aldeas y campos de refugiados sufren el asedio por parte de los Ejércitos y en esos lugares millones de personas corren el riesgo de morir de inanición, y eso solo en la región occidental y central de África.

Pero a las personas que provienen de estos países no solo nunca se les concede el estatuto de refugiado, sino que no tienen, ni se les posibilita, forma alguna para poder emigrar legalmente, algo que parece desconocer la ciudadanía europea cuando plantea esa quimera de que vengan legalmente. Estas personas además son las más fácilmente deportables, gracias a los “magníficos” tratados bilaterales que España y la Unión Europea mantiene con algunos gobiernos de la zona como Senegal o Nigeria. Estos países absorben casi todas las deportaciones, tanto de nacionales como de gente de países limítrofes.

No hay nada que pueda resultar mas terrible y a la vez paradójico que Europa, a la que tanto le gusta presumir de garante de los derechos humanos, no solo sea el continente que durante siglos colonizó y expolió África, sino que, en una nueva modalidad de colonialismo, directamente o bien a través de grandes corporaciones o empresas siga con el expolio. A Europa se le han unido países como China, Corea, Estados Unidos, etc., que se han aplicado a esta modalidad neocolonial. Los mejores territorios de África están siendo comprados, alquilados o simplemente ocupados, para que países poderosos cultiven plantas que sirven como agrocombustibles, alimentos transgénicos para ganado o arroz, café, cacao y semillas para la exportación, expulsando de sus territorios a la gente y condenándola de esta manera al hambre. Igualmente, grandes empresas armamentísticas se han apoderado de grandes territorios —Mali es un ejemplo— para expoliar uranio, plutonio, etc., y a su vez están rearmando a los grupos contendientes. Las petroleras son otras de las grandes multinacionales capaces de comprar Gobiernos para satisfacer sus necesidades, como ha sucedido en Nigeria. Otro ejemplo son las tecnológicas que alimentan conflictos para seguir expoliando, como sucede en el Congo con el coltán.

A todo esto se une la compra de voluntades de Gobiernos débiles, corruptos e incapaces, a los que en un alarde de puro fascismo se les paga para que impidan que su ciudadanía, a la que hemos condenado a la pobreza, pueda emigrar. Y si alguno se escapa, pues para detenerlos están las vallas, el Frontex y hasta la OTAN, gastando ingentes cantidades de millones para impedir un legítimo derecho humano, básico en nuestra sociedad, pero que sin pudor le negamos al resto de la humanidad.

 

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