La rueda que no cesa

Eneko

Marta Luengo

Llega el final del año y es momento de prepararse para el nuevo. Reflexiones mirando atrás y deseos mirando adelante se entre mezclan con las celebraciones y compras de rigor. Las Navidades son las fiestas más importantes del calendario, y por eso se convierten en la máxima expresión de nuestra sociedad, la sociedad de consumo. A nadie se le escapa que Navidad y consumo han llegado a ser sinónimos, ¿acaso alguien se imagina una Navidad sin gastar más?

La sociedad de consumo se caracteriza, ya se sabe, por el consumo superfluo, es decir, por consumir lo que no necesitamos. Vivimos en un círculo vicioso del que es imposible escapar, el círculo de producción-hiperconsumo, una rueda que no puede parar, puesto que si lo hace se llevaría por delante el sistema económico por completo. Para colmo, la medida del éxito se cifra en la cantidad de consumo que podemos alcanzar, convirtiéndose así en un satisfactor de necesidades más allá de lo material: consumir ciertos productos asegura un determinado estatus, incluso ayuda a definir quiénes somos, nuestra identidad.

La venta de mercancías y servicios debe continuar incesante, ése parece ser el mantra. El secreto para que la rueda no cese es solo uno: la insatisfacción. Se promete felicidad y, a cambio, se recibe insatisfacción. Según el informe de Ecologistas en Acción ¿Consumimos felicidad?, “el modelo de consumo se caracteriza por crear falsas necesidades que a medio y largo plazo no nos aportan bienestar. El efímero momento de satisfacción que genera la compra mantiene esa constante espiral de insatisfacción”. Una insatisfacción que nos mantiene ansiosos, estresados en busca de más y más consumo.

El filósofo y poeta Jorge Riechmann utiliza el mito de Tántalo para describir nuestra enfermiza situación. Tántalo era un rey griego a quien los dioses habían condenado a padecer hambre y sed a la vez que estaba rodeado de apetitosos manjares y sumergido en agua fresca hasta las barbas. Su desgracia era que, cuando abría la boca para degustarlos, manjares y agua desaparecían. Para Riechmann, la sociedad de consumo nos somete a un mecanismo similar, ya que cuando obtenemos lo deseado, al instante deseamos más y más. Este mecanismo se habría arraigado en lo más profundo de nosotros.

En concreto, seríamos especialmente insaciables ante los llamados “bienes posicionales”, aquellos que nos dan prestigio y estatus social. La desigualdad rampante propia del sistema capitalista alimentaría, a su vez, la búsqueda continua de mayor estatus, al saber que gracias a ello obtendremos ventajas no despreciables. Un mundo menos desigual, con jerarquías más difuminadas, ayudaría a frenar el apetito de consumo voraz y la carrera hacia ninguna parte.

Porque un consumo que no satisface necesidades no lleva más que al sinsentido, un grave problema para el buscador de sentido que es el ser humano, el cual recurre cada vez con más frecuencia —no le queda otra— a los antidepresivos. La desgracia de nuestro tiempo es que consumimos sin cesar pero no acabamos de satisfacer necesidades vitales (¡ni siquiera nos alimentamos bien, rodeados, como estamos, de comida!) y damos vueltas profundizando la herida de la soledad. La búsqueda de sentido solo puede darse en comunidad, pero el individualismo del sistema de consumo lo invade todo.

Pero tener (objetos o prestigio) no lo es todo en el ámbito de las necesidades: la calidad de vida también ha de conformarse con amar y ser. En palabras de Riechmann, “al tener pertenecen las condiciones objetivas de vida como alimentación, vivienda, educación, ingresos, salud, condiciones de trabajo, etc.; al amar las relaciones personales, la integración social, la participación, etc.; y al ser las cuestiones de autorrealización, potenciación de capacidades, arte y cultura, etc.”. La recomendación sobre cuáles impulsar estas fiestas y el 2018 es clara: ¡más arte y más amor!

 

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