La complicidad de los medios alemanes en la difusión del odio

TEXTO: MARTA LUENGO

Seguir la crisis de refugiados desde el país que lleva las riendas de la política europea puede dar una idea más ajustada de cómo se trata el tema en esa instancia que llamamos “Europa”. Alemania ha hecho una cobertura ininterrumpida de la crisis que ha provocado que todos sus habitantes se hayan visto en la tesitura de tener que tomar partido de una manera más activa que, por ejemplo, los españoles.

Analistas alemanes llevaban tiempo afirmando que la tendencia decreciente del paro en su país era tan sólida que la falta de mano de obra sería uno de los principales problemas económicos que se presentarían en un futuro cercano. Ésta es una de las claves de la política de acogida de Merkel, más allá de una supuesta solidaridad de corto alcance. No obstante, unos medios de comunicación a los que siempre parece interesarles difundir el miedo y unas fuerzas aún más conservadoras que palpitan no solo en el país germano, han causado una deriva de los acontecimientos que ha resultado ser otro ejemplo de lo que Hannah Arendt llamó “la banalidad del mal”. Y es que hay hechos históricos que se suceden como meras decisiones burocráticas que, sin embargo, albergan en su seno la destrucción misma de la sociedad.

Aunque las ONG llevaban tiempo avisando del panorama, la crisis de refugiados pilló a Bruselas ocupada en destruir el Gobierno griego. Solo la sociedad civil y algunos ayuntamientos prepararon con celeridad campañas de bienvenida. Cabe recordar que autobuses de refugiados fueron bienvenidos con flores en varios pueblos de Alemania. En Hamburgo, una de las ciudades que más refugiados ha acogido, se sucedían las fiestas en las que afganos, sirios y demás, bailaban y comían con los autóctonos, mientras en las improvisadas guarderías los más pequeños jugaban juntos, aún lejos de entender el concepto de “extranjero”. Ya en agosto, el Ayuntamiento tenía preparadas casas para los bienvenidos.

Pero todos los días imágenes de cientos de personas agolpadas en las fronteras abrían los telediarios, llenaban los reportajes y debates de todos los canales. En éstos, las opiniones mayoritarias abogaban por el control del origen y el número de refugiados. Entonces, muchas casas de refugiados fueron atacadas con cócteles molotov. Los telediarios, mientras, seguían dando a entender que muchos emigrantes económicos africanos querían aprovecharse de la “generosa” política merkeliana. Informaban, por ejemplo, sobre cómo jóvenes marroquíes estaban aprendiendo a imitar el árabe sirio para poder incorporarse al flujo de refugiados. A esas alturas, los muros ya se levantaban en varias fronteras europeas, y parecía que solo los alemanes iban a hacerse cargo de aquel flujo que no hacía más que aumentar.

Entre tanta confusión, las encuestas mostraban que Alternativa para Alemania, un nuevo partido político, parecía aprovecharse de la situación. Para colmo, las manifestaciones del siniestro movimiento neonazi PEGIDA conseguían atraer cada vez más gente.

Entonces llegó la Nochevieja de Colonia. A la mañana siguiente los alemanes no podían creerlo: cientos de refugiados habían intentado agredir sexualmente a las chicas que paseaban por la estación central. O al menos eso es lo que apuntaron, sin pruebas, los medios que, en su paroxismo, llegaron a hablar de un plan de agresión perpetrado fuera del país y ejecutado en varias ciudades a la vez. Más tarde tuvieron que retractarse: la presencia probada de refugiados en los altercados era casi nula, y de plan internacional nada de nada. Hasta la fecha solo ha habido un acusado de agresión sexual, de nacionalidad argelina, no demandante de asilo. Las asociaciones que atienden a víctimas de la violencia machista denunciaron la completa instrumentalización política de un tema que, normalmente, nunca ocupa portadas. Sin embargo, en una sociedad ya confundida por el miedo, el mensaje había calado perfectamente: refugiados eran igual a Islam radical.

Por fin, el barómetro de opinión de enero de la televisión alemana arrojó los resultados que determina una campaña de shock: el apoyo a la política de acogida de Merkel perdía ocho puntos en cuestión de días (del 47% al 39%). Una histeria colectiva que no hace más que agravarse con hechos como el de Bruselas. El centro del debate de una crisis humanitaria es ocupado por uno de esos constructos que usa el poder: el monstruo del Islam. En Alemania tampoco se habla de guerras (ellos también bombardean Siria), de hambre, de países fallidos o de venta de armas (Alemania batió en 2013 su récord de exportaciones de armas).

En este caldo de cultivo se presenta a las sociedades europeas un tratado infame con Turquía en el que reaparecen las deportaciones masivas de inocentes. Esta vez hasta pagamos por ello. Y en la potencia alemana, la población, estupefacta aún, se muestra crítica con el acuerdo en las encuestas (su estrecha relación con el país otomano les hace conocerlo mejor). Pero al bombardeo mediático se une la resaca de los atentados en Bruselas; muchos alemanes están inmovilizados.

Por desgracia, los neonazis continúan sumando fuerzas: el mes pasado convocaron una manifestación de rechazo a la política de acogida de Merkel en Berlín. Tres mil manifestantes corearon lemas racistas y de supremacía blanca. Mientras, los medios de comunicación muestran imágenes de los refugios de la ruta de los Balcanes. Ya no hay caos, solo camas limpias y ordenadas, vacías. Parecen decir: “pactamos con el diablo, pero al menos llegó la calma”. Condenar al horror a miles de personas no es garantizar la calma. Van más de 25.000 muertos en el Mediterráneo, y, además, la extrema derecha de Alternativa para Alemania ha resultado la fulgurante tercera fuerza en las últimas elecciones regionales alemanas. Las políticas de las élites europeas lo que garantizan es el aumento del odio en un sistema que cada vez tiene más excluidos. Las consecuencias de la exclusión no se harán esperar.

 

 

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