Francia: motines suburbiales y chovinismo fascista

AFP / MEHDI FEDOUACH

Frank Mintz

Con la agresión y violación por parte de policías de un joven de veintiún años, Theo, el 2 de febrero de 2017 en un suburbio parisiense, hubo a mediados del mes una serie de manifestaciones y de protestas contra la Policía y de solidaridad con Theo (también insultado por ser negro), tanto en la región parisiense como en el sur del país (Montpellier, Avignon) o el oeste (Rennes, Nantes).

La ultraderecha del Frente Nacional publicó un comunicado reafirmando “el apoyo de los franceses a la Policía Nacional, y desde luego a la Gendarmería”, y la dirigente del partido, Marine Le Pen, denunció “la laxitud que se difunde en la sociedad francesa, de la que son responsables los políticos que han gobernado desde hace años”.

El suceso parece confirmar la interpretación mediática de que los negros y los musulmanes cuestionan la integración social con su violencia cultural, a la que solamente se puede responder con más violencia.

 

Dos datos demuestran la falacia de tal propaganda

Geográficamente los incidentes estallan siempre en las mismas zonas con capas sociales empobrecidas, hacinadas en edificios sociales con alquileres bajos, pero paulatinamente mal mantenidos. La mayoría de los habitantes son franceses de piel blanca y negra (procedentes de las Antillas y de la Guayana Francesa, así como de las islas de Reunión, Mayotte y Nueva Caledonia), con minorías de extranjeros y recién nacionalizados de Portugal, el Magreb y países eslavos.

Todos los jóvenes de estas zonas están desde su nacimiento o a los pocos años de llegar a Francia en centros escolares gratuitos y laicos. Pero les falta con creces un apoyo escolar y docentes capaces de estar a la escucha de jóvenes con familias con miembros desempleados. Incide con fuerza el fenómeno de que buscar un trabajo (con o sin diplomas) con una dirección postal en tales barrios ya es tropezar con negativas casi sistemáticas.

Desde el periodo 1970-1980, los diferentes Gobiernos de la derecha y de la izquierda establecieron una brecha social entre municipios, o zonas municipales, de ganadores y de perdedores: unos con más subvenciones sociales e individuales y otros con cada vez más ayudas mínimas, como la Renta de Solidaridad Activa, de unos 535 euros. Una limosna, un escarnio, para no morirse de hambre.

Desde fines de los noventa se hacen informes oficiales sobre “zonas de riesgo”, que siempre delatan situaciones de explosión social latente y proponen reformas urgentes. Como suponen grandes inversiones, no se llevan a cabo. Por eso se multiplicaron los robos, los tirones de pobres a otros pobres, y vino el negocio grande del narcotráfico, el arma habitual del poder democrático cloacal para que la miseria social permanezca atrincherada y alejada de los barrios de la gente “normal y decente”.

La Policía formada durante las guerras coloniales legó el uso de la xenofobia a sus jóvenes, con bastantes morenos y negros, que se “blanquean” a fuerza de palizas a otras personas morenas y negras. Y por cada joven muerto brotan disturbios durante días y días. Una fuerte respuesta a dos muertos surgió en octubre-noviembre de 2005: en la mayoría de las grandes ciudades se produjeron asaltos a centros sociales y quemas de coches. Era la exasperación de quienes estaban abandonados por la sociedad.

En paralelo, existe un limitado ascenso social de personas negras y morenas de origen humilde que pudieron estudiar: una ministra de Justicia de origen marroquí con la derecha y una ministra de Educación del mismo origen con el presidente actual de la República. Es importante subrayar que, pese al machismo occidental, las jóvenes de origen magrebí y africano ven la inmensa diferencia con el machismo de su propia cultura y se van integrando al mundo laboral. El mismo Frente Nacional tiene sus magrebíes, que son hijos de miembros de unidades argelinas de la Gendarmería francesa, los jarkíes.

La solución debería brotar de la gente de los barrios depauperados, y mientras no se plasme la solidaridad, como sucedió en la lucha derrotada contra la Ley Laboral entre marzo y junio de 2016, es casi imposible que no sigan los enfrentamientos.

 

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