Es el crecimiento, estúpido

Eneko

Marta Luengo

Sin ánimo de ofender a nadie, hemos parafraseado en el título la famosa expresión “es la economía, estúpido”, que comenzó a emplearse en la campaña de Bill Clinton a la Casa Blanca en 1992, y ha quedado como lema cuando se busca hacer referencia a la condición esencial de algo. El capitalismo es la acumulación constante de capital a través de la maximización de los beneficios mediante un continuo aumento de la producción y del consumo. El crecimiento es, pues, la fuerza que guía el sistema; si se detiene, hay crisis. Y si el crecimiento toca con sus límites, el sistema está condenado a colapsar. Suena catastrófico, pero no tiene por qué serlo; todo depende de cómo se gestione el nuevo marco existencial que se presenta: el decrecimiento.

El decrecimiento no es esa caricatura de hippies neobolcheviques que quieren reivindicar un estado semisalvaje de “vuelta a las cavernas”. Se trata simplemente de aceptar que se han alcanzado algunos límites planetarios que impiden mantener el sistema económico que nos gobierna, y que cuanto más tardemos en afrontarlos e intentar gestionarlos, más grave será la caída. Es fundamental entender que el decrecimiento no es una cuestión de elección, sino algo inevitable y que ya ha comenzado.

La huella ecológica, por ejemplo, es un indicador que muestra con sencillez el excesivo impacto de la actividad humana. Se define como el “área de territorio productivo o ecosistema acuático necesaria para producir los recursos y para asimilar los residuos producidos por una población definida”. Desde los años 70 del siglo pasado, la humanidad consume más recursos en un año de los que el planeta puede regenerar en ese lapso de tiempo. Para el caso español, la huella ecológica es de 3,4 planetas. A nivel global, cada año superamos la capacidad de carga del planeta antes —en 2015 lo hicimos el 13 de agosto—, el resto del año vivimos de prestado.

La actividad que más contribuye a este proceso es la quema de combustibles fósiles, que, como es sabido, es también el principal factor del cambio climático. En este punto hay que hacer un alto para señalar algo que puede parecer pretencioso: el empleo de combustibles fósiles marca un antes y un después en la historia de la humanidad. Siempre que se señala un punto de inflexión del género humano se cae en cierto esencialismo presuntuoso, es decir, hay veces que una civilización se ha sentido el centro y la culminación de la historia. No obstante, se puede afirmar sin altanería que nuestra civilización, basada en el crecimiento, depende de un motor y solo uno: los combustibles fósiles. Sin ellos, nuestras sociedades serían radicalmente diferentes.

Es importante subrayar que la relación entre consumo energético y crecimiento económico es directa, prácticamente lineal. Crecer es consumir energía, y nuestras fuentes básicas han sido el petróleo, el carbón y el gas, a las que debemos prácticamente todo nuestro desarrollo. Sin embargo, hemos empleado estos combustibles obviando que son limitados, a la par que generábamos una dependencia absoluta. Y para colmo tenían su cara oculta en el calentamiento global y la contaminación. Solo apuntamos aquí que la comprensible fe en las energías renovables no puede llevarnos muy lejos, ya que no son ni de lejos tan potentes como para sostener nuestro modelo, y cuentan con sus propios límites.

Así pues, el decrecimiento no es un capricho de los científicos ni, como se ha dicho, cuestión de preferencias. Lo cabal es ajustarse a los límites del planeta, y resulta que la sociedad occidental tiene que hacer el ajuste mayor y replantearse su modo de vida de arriba a abajo. Quizá suene algo duro, el secreto es verlo como una oportunidad de cambio a mejor.

Hay que dirigir los esfuerzos tecnológicos a intentar mitigar los efectos perjudiciales que se presentarán y aumentar la eficiencia, limitar el uso de los recursos, reconsiderar la rueda de movimiento perpetuo del consumismo y el papel de la publicidad, recuperar el control de sectores estratégicos como el energético y la banca, limitar la capacidad adquisitiva de los que más tienen, repartir el trabajo, incentivar la producción local y ecológica, rerruralizar… ¿Suena utópico? La otra opción es mantener un supuesto realismo cobarde e inoperante que nos aboca con seguridad a guerras por los recursos, migraciones y un fascismo acaparador de las élites. Entre estas alternativas sí podemos elegir.

 

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