El racismo y la xenofobia no vienen solo de la mano de la extrema derecha

Foto: ECUADOR ETXEA

Begoña Blázquez Parro / Activista en SOS Racismo Madrid

Diariamente nos llegan noticias que hacen cundir la alarma ante el auge de la extrema derecha y los populismos nacionalistas en Europa. Se recalca que la actual crisis socioeconómica es el caldo de cultivo para el auge de grupos y partidos de ideología “neofascista”. Además, y puesto que su discurso imagina como enemigo común de la nación a inmigrantes y minorías étnicas, se atribuye a la actividad de dichos movimientos el aumento de incidentes racistas y xenófobos.

Los delitos de odio son aquellos en los que se elige a la víctima atendiendo a la identidad colectiva que ostenta en función de su raza, origen, género, religión, etc., y según el Informe sobre incidentes relacionados con los delitos de odio en España, publicado por el Ministerio del Interior, en 2015 la motivación más numerosa para este tipo de delitos fue el racismo y la xenofobia, con 505 casos (el 38% del total de delitos de odio registrados). Así pues, España, a pesar de encontrarse fuertemente afectada por la crisis económica y no contar con partidos de extrema derecha importantes, no está libre de actitudes de discriminación y delitos de odio contra minorías por motivos racistas y xenófobos.

Es un error centrarse únicamente en el auge de la extrema derecha cuando se buscan las causas del aumento de los delitos de odio y la exclusión social de minorías en Europa. Éstos se deben más bien al fracaso de las políticas de integración que se han puesto en práctica en las últimas décadas y a las actitudes de rechazo de algunos sectores de la población hacia el diferente. Además, hay que recalcar que las actitudes y agresiones xenófobas y racistas no son nuevas: ONG y asociaciones llevan décadas de intensa lucha contra el racismo y la xenofobia, también durante periodos de bonanza económica.

Por otro lado, la criminalización de inmigrantes, refugiados y minorías étnicas no se está llevando a cabo solo por parte de partidos radicales: muchos partidos europeos tradicionales han adoptado discursos similares en su competición por el voto del miedo de la población, asustada ante el deterioro de las condiciones de vida y ante la posibilidad de atentados terroristas. Es difícil saber si la retórica de dichos partidos tradicionales ha influido en la ciudadanía o si, por el contrario, han adaptado sus programas a nuevas demandas sociales que se sitúan más a la derecha. En cualquier caso, partidos como el socialista en Francia, o Nueva Democracia en Grecia, han adoptado con carácter general medidas próximas a partidos de extrema derecha, destacando la radicalidad de sus políticas antiinmigración. En nuestro país, el Gobierno de Mariano Rajoy e importantes sectores de la sociedad defienden el cierre de las fronteras, la deportación de inmigrantes o la restricción de derechos y libertades de los ciudadanos, y encuentran así una justificación en la crisis económica actual y la necesidad de garantizar la seguridad ciudadana.

Urge combatir la discriminación y el odio hacia las minorías en el campo de las ideas y también a través de iniciativas políticas y sociales que propugnen los valores de la tolerancia, la solidaridad y la inclusión. España, que es país receptor neto de inmigrantes desde fechas mucho más recientes que otros países de Europa y que no cuenta con partidos de extrema derecha influyentes, tiene la oportunidad de convertirse en un país multicultural y tolerante, como lo fue en otras épocas de su historia.

Aún hay margen para llevar a cabo políticas de integración exitosas. Para ello es necesario fomentar una identidad multicultural y apelar al pasado nacional de convivencia entre distintas culturas. La identidad común y el sentido de pertenencia, tan importantes para todas las personas, han de construirse desde los valores de diversidad, integración y convivencia. La inmigración y las nuevas diversidades que la acompañan deben ser consideradas como una oportunidad para repensar qué sociedad queremos. De no convertirse en un modelo de tolerancia y convivencia, nuestro país podría seguir una deriva política y social parecida a la de otros países de nuestro entorno.

 

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