Desde abajo, sin separaciones: seis años del 15M

FOTO: logros.15m.cc

Carlos Taibo

Michel Onfray acaba de publicar un librito en el que cuestiona agriamente uno de los cimientos de la cultura política francesa: el que da a entender que no hay nada de malo por detrás de la apuesta jacobina, jerarquizadora y centralizadora que acompaña en todos los ámbitos a esa cultura. Me permito rescatar el argumento por cuanto sobran los motivos para concluir que un elemento central para explicar qué ha sido y es el 15M remite, y directamente, a la discusión correspondiente.

La idea principal que quiero manejar al respecto subraya que, a la hora de explicar por qué el 15M ha exhibido de siempre rasgos singularizadores que lo han hecho mal que bien diferente de otros movimientos coetáneos y, aparentemente, similares, uno de los asertos principales invoca, de nuevo, la condición de la cultura política del país, o de los países, en los que el movimiento ha adquirido carta de naturaleza. Una cultura política marcada, en lo que interesa a mi argumento, por el peso de lo “local”, de lo “nacional” y de lo “libertario”. Me va a permitir el lector que me abstenga de glosar el significado preciso de esas tres etiquetas y me limite a señalar que, en virtud de caminos sin duda diferentes, abocan en la defensa de una franca descentralización que entra en abierta confrontación con la lógica de unas instituciones —y hablo al efecto de Gobiernos y de Parlamentos, pero también de partidos y de sindicatos— que beben, con descaro, de los beneficios que les deparan jerarquías, separaciones y ficticias representaciones.

En este orden de cosas, creo que lo suyo es subrayar que el 15M que hemos conocido hasta hoy ha mantenido una orgullosa, y venturosa, apuesta en provecho de la autoorganización en la base de la sociedad, en los barrios y en los pueblos, frente a la parafernalia de un sinfín de instancias alejadas de, y ajenas a, lo que ocurre en nuestra vida cotidiana. De la mano de esa apuesta el 15M se ha mostrado también, y por añadidura, visiblemente alejado de liderazgos y de personalismos.

Permítaseme que, a tono con lo anterior, rescate dos debates importantes. El primero es el relativo al significado que debemos otorgar a la palabra “movilización”. Mucho me temo que las más de las veces identificamos ésta con parafernalias como las vinculadas con la convocatoria recurrente de manifestaciones y concentraciones, y con el carácter deseablemente masivo de unas y otras. No sé si semejante identificación, pese a estar cargada de buenas intenciones, no tendrá algo de aceptación de la vocación jacobina y centralizadora que nos acosa por todas partes. Lo digo de otra manera: ¿no será mucho más sugerente la perspectiva de una movilización que, desde abajo, y lejos de los resortes simbólicos del poder y de los grandes acontecimientos, nos obligue a modificar, autogestionariamente, las relaciones económicas y sociales más próximas, de la mano de un conocimiento directo, inapelable, de las personas intervinientes?

El segundo de los debates me aconseja recordar algo delicado. En alguna ocasión se ha subrayado —yo mismo lo he hecho— que el 15M ha sido, y es, un intento de adaptación de las percepciones y de las prácticas de los movimientos antiglobalización al nuevo escenario marcado por la crisis en la que estamos inmersos desde 2007. Bien está el argumento. Conviene, sin embargo, que señale que ese intento de adaptación se ha saldado en una realidad distinta de la que proporcionaban los movimientos antiglobalización, en la medida en que nos ha situado, de nuevo, en el escenario, más próximo, de los barrios y, acaso también, de los pueblos, muy lejos de las instituciones y de sus juegos, pero a menudo también, y desafortunadamente, muy lejos de algunas de las grandes discusiones que por fuerza nos tienen que ocupar. Hay quien se ha servido afirmar, algún tiempo atrás, que los movimientos antiglobalización han sido los primeros que, en esencia, han reivindicado “derechos para otros”. Aunque lo anterior no es literalmente cierto —los movimientos por los derechos de los animales, que existen desde muchas décadas atrás, también reclaman derechos para otros—, es verdad que en la textura de fondo del discurso antiglobalización se hacía valer un ejercicio de solidaridad con las mujeres, de siempre marginadas en el terreno simbólico y en el material; con muchos de los habitantes de los países del Sur, expoliados y preteridos; y con los integrantes de las generaciones venideras, a las que llevamos camino de entregar un planeta literalmente inhabitable.

Bueno sería que, a efectos de apuntalar el 15M realmente existente, aparte de ratificar su orgullosa condición descentralizadora y autogestionaria, rescatemos en nuestra práctica cotidiana esas grandes discusiones que acabo de mencionar. Ello es tanto más urgente cuanto que, y por razones obvias, a nuestras

jacobinas instituciones les preocupan bien poco. O, por mejor decirlo, nada.

 

Comparte!