Miles de menores viven en el limbo en Marruecos

Foto: Arantxa Freire

Mountaga Diop

Kirikou es un personaje de ficción creado en 1998 por el director de cine francés Michel Ocelot. Si os gusta África y la cultura africana, no dejéis de ver sus películas. Son maravillosas. Pero Kirikou (que significa “niño salvaje”) es también el nombre de una asociación de apoyo a la comunidad subsahariana de Marruecos, un país donde desde hace años sufren discriminación.

Los miembros de la asociación cuentan que, aunque con la ley de 2014 han mejorado un poco sus vidas (“vivimos algo más tranquilos”, dicen), la comunidad subsahariana sigue sufriendo mucho en Marruecos. Durante años ha sido hostigada por las autoridades.

Las redadas son continuas, aunque aseguran, aliviados, que las deportaciones al desierto han parado un poco. Pueden caminar por la calle sin tanto miedo. Pero su vida continúa siendo realmente difícil. No tienen acceso al trabajo —cuesta que alguien contrate a alguien de piel negra— ni acceso a vivienda; ni siquiera acceso a la salud o a la educación.

Los menores migrantes son los que se llevan la peor parte en esta cadena de vulneraciones. El acceso a la educación era y es en general aleatorio. La enseñanza se proporciona en árabe, y muchos de los menores no conocen el idioma, por lo que quedan excluidos. Muchos de los que viven en situación irregular no tienen permisos para ir al colegio. Algunos se integran directamente en la formación profesional no formal como única salida.

Desde principios de 2015 se ha detectado un número cada vez mayor de menores migrantes en ciudades como Rabat y Oujda. La ONG Alianza por la Solidaridad ha elaborado un estudio que refleja la situación que viven la gran mayoría de estos menores, obligados a vivir en barrios periféricos, donde sufren de problemas de exclusión social, o incluso en asentamientos ubicados en el interior de los bosques. De hecho, para sobrevivir, incluso se ven abocados a la mendicidad o la prostitución y a sufrir la trata de seres humanos y la explotación laboral, siendo sometidos a largas jornadas de trabajo sin contratos o seguros.

El informe, titulado Niñez migrante en Marruecos, fue presentado recientemente en las ciudades marroquíes de Sale, Tánger y Oudja para denunciar la invisibilidad de estos niños, niñas y adolescentes. En él, se alerta de que las medidas y acciones estatales orientadas a la atención de la población migrante obvian la protección de los menores, los cuales, en muchas ocasiones incluso llegan solos a este país desde lugares como Nigeria, Camerún, Gambia, Angola, Mali o Burkina Faso, entre otros.

La ruta africana

Los niñas y niñas que salen de sus países para llegar a Europa transitan por numerosas rutas, a veces solos, a veces acompañados. A veces con su familia, que fallece durante el camino. La mayoría hace un viaje largo, de años, y pasan por Níger. Agadez es un punto de bifurcación por los oasis libios. Pero Tamanrasset, al sur de Argelia, es un verdadero camino en medio de la babel africana. Desde ahí los migrantes se dirigen al norte del país y pasan a Marruecos por Oujda. En Mali hay también una ruta que pasa por Gao hacia Nioro, situados a 30 km de la frontera mauritana. Senegal es el único país que queda sin visa para llegar a Marruecos. Por eso hay un flujo constante de migrantes que se benefician de la libre circulación. Numerosos africanos pasan por ahí para ir a Mauritania, y luego, clandestinamente, llegan a Marruecos. En Marruecos los lugares de paso de migrantes son variables, como se puede observar: Oujda, si vienen de Argelia y quieren cruzar el Mediterráneo; el norte, si quieren pasar por Melilla a las costas de Málaga y Almería; o Agadir para aquellos que vienen de Mauritania y buscan llegar a Canarias. Tánger también es uno de los lugares importantes. Sus bosques reciben a muchas personas clandestinas que buscan el salto a Europa.

Kirikou trabaja desde hace cuatro años para ayudar a todas estas personas cuyos derechos son vulnerados. En 2014 pudieron legalizar su actividad (antes no estaban permitidas las ONG de apoyo a migrantes, era una realidad de la que nadie quería hablar). Las personas voluntarias —“muchas marroquíes”, cuentan con orgullo— no dan abasto apoyando a menores no acompañados, atendiendo las llamadas de sus compatriotas para proporcionarles defensa legal, inscribiendo a las niñas y niños recién nacidos en el registro (sin papeles no tienen derechos), dando formaciones de planificación familiar para evitar embarazos no deseados, combatiendo la violencia contra las mujeres… Además, en numerosas ocasiones, deben mediar entre vecinos.

En el caso de los menores no acompañados se encuentran su reto más difícil. Trabajan buscándoles y pagando su alojamiento, intentando regularizar su situación, dándoles acceso a formación profesional (no tienen cómo integrarse en el sistema marroquí, porque en muchos casos han perdido muchos años de estudio).

Un nuevo reto

En breve, y gracias al apoyo de la Generalitat valenciana y Alianza por la Solidaridad, volverán a inaugurar una guardería que da servicio a 40 menores subsaharianos. Sus madres asisten gracias al apoyo de Kirikou a cursos de peluquería, estética, costura o pastelería. Se intenta que, en vez de pedir en la calle con estos niños, que se enfrentan a numerosos peligros, puedan tener una profesión. Durante el tiempo de la formación las mujeres reciben una pequeña bolsa de ayuda para poder pagar su casa y la alimentación y medicamentos que necesitan sus niños.

Kirikou no recibe muchos recursos, pero están contentos no solo por todo lo que hacen, sino porque su labor en el país está cada vez mejor valorada por el Gobierno marroquí. “Nuestro trabajo es ayudar en la vida cotidiana a los miles de subsaharianos que viven en el país”, explica Diop, el presidente de la asociación. “Estudié en Francia y quise volver aquí a ayudar a mis compatriotas. La gente me decía que estaba loco, que nadie quería volverse de Europa. Pero es que no todos los africanos queremos vivir allí. Eso debes contarlo”.

Esperamos que cada vez más instituciones apoyen la labor de Kirikou en Marruecos. La solidaridad colectiva es siempre un ejemplo que nos inspira. ¡Suerte desde la otra orilla, Kirikou!

 

LA HISTORIA DE JOAO

Con nueve años ya era huérfano. Y con esa edad salió de su pueblo. Su primera parada en el camino fue Senegal, allí se juntaba con otros niños que ejercían la mendicidad.

Con un grupo de adolescentes y de otros de su misma edad, salieron hacia Marruecos. Querían llegar a Europa. Joao dice que en aquel momento solo pensaba en jugar al fútbol en el Barça y ser rico, volver a su pueblo y ayudar a otros niños como él.

Al salir sólo hablaba su lengua materna y el portugués. Durante el camino fue aprendiendo el francés. Dice que se escapó de muchas violencias porque era rápido corriendo, que el camino es muy malo y no está hecho para niños pequeños. En el desierto perdió de vista a dos de sus compañeros que no lograron el dinero para pagar el camión. Siempre ha pensado que estarán muertos.

Joao es listo y dice que no puede explicar cómo ha conseguido llegar hasta Marruecos sin apoyo de la familia, pero también dice que cuando te encuentras gente de tu misma etnia y ven niños solos les ayudan mucho. Cuenta que algunos adultos se aprovechan, pero que otros lo hacen porque en África existe la solidaridad, la comunidad, y que un adulto se convierte fácilmente en responsable y cuida de los más pequeños.

Al llegar a Marruecos pasó mucho tiempo viviendo en el bosque. No recuerda aquella época como mala. Explica que había muchas redadas, pero que vivía en su comunidad, que jugaban partidos de fútbol y que él marcaba muchos goles. En el fondo dice que se sentía muy protegido.

En esos momentos intentó saltar la valla para llegar al Estado español varias veces. Tres de ellas lo consiguió, pero la Guardia Civil le interceptaba y le devolvía por la puerta pequeña de la valla y lo entregaba a las fuerzas de seguridad de Marruecos. Dice que en portugués intentaba explicarle a los guardias civiles que era un niño y huérfano, pero que nunca funcionó.

De la tercera vez que le devolvieron por la valla tiene cicatrices, pero no quiere hablar de ellas. Solo explica que pasó tiempo en el hospital y que entonces empezó a vivir en la ciudad.

Aprendió a buscarse la vida, y también a hablar inglés, sobre todo el pidgin, y a sobrevivir gracias a llevar paquetes de un lado a otro.

Joao sabe que los paquetes han arruinado su vida y que en ellos no hay nada bueno, pero ya no puede dar marcha atrás y es consciente de ello.

Dice Joao que ha aprendido muchas cosas, cuatro idiomas, que siempre jugó muy bien al fútbol, pero que la vida no quiso darle la suerte que se merecía. Se imagina lo que los chicos como él hacen en Europa y piensa que solo necesita una oportunidad, otra más, que le lleve a la vida soñada.

 

Mas Información:
http://bit.ly/2cCQWOw

 

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